HOY HA SIDO UN GRAN DÍA


Sestao, el pueblo donde vivo es un lugar feo, muy feo.
Es uno de esos núcleos urbanos nacidos alrededor de la muerta y enterrada cabecera siderúrgica de los Altos Hornos de Vizcaya.
Su amplísima gama de negros y grises, fruto de los hollines que vomitaron aquellas chimeneas durante décadas, aún hoy sigue reinando en gran parte de sus rincones.
Cierto es también que esto está cambiando, el casco urbano se está modernizando y la población en general se está haciendo día a día más amable, es como si recuperase la luz.
Pero todo esto tiene un precio, lógicamente; el precio del cambio, el precio de la destrucción del oscuro pasado para construir sobre sus escombros un nuevo pueblo, estrato sobre estrato.
Ruidos, obras, carreteras en estado lamentable, objetos punzocortantes en la calzada y mi coche con una rueda pinchada.
Noté algo raro y quise convencerme de que no, de que era nada; pero acto seguido un enjambre de coches que me adelantaba me pitaba y me señalaba la maldita rueda.
Creo que hoy han pasado unos cien mil coches por ese tramo de carretera, todos sin faltar ni uno me han pitado, dado luces y señalado la rueda del demonio.
No había duda, había pinchado y gracias a esto, he batido un record; he conseguido avanzar unos tres kilómetros maldiciendo a las obras mientras la rueda trasera derecha de mi coche se iba al suelo.
Suelto cuatro tornillos y al ir a soltar el quinto la llave se me rompe.
El anterior record queda hecho papilla, los juramentos hacen que se ponga a llover a mares mientras miro al cielo con puños y dientes apretados.
Llega mi amigo salvador con su maravillosa y bien surtida bolsa de herramientas y con su inapreciable disposición a echarme un cable cuando lo necesito; no es de extrañar, es recíproco, yo lo se y el lo sabe; perfecto.
Cinco minutos después la rueda pinchada ha sido substituida y llego a mi trabajo; empiezan las buenas noticias.
Las tareas están dominadas y solo resta dejar controlados un par de procesos y listo; los males empiezan a ocupar una categoría inferior a desastre.
Aun así no me la juego, lo primero que hago al llegar a Sestao es ir a un taller a reparar el pinchazo, allí pasan varias cosas.
La primera es que el pinchazo se reparó solo como por arte de magia, no había una sola vía de aire en la rueda y eso que estaba sumergida en un tanque de agua que habría delatado la más mínima vía de aire en la negra superficie de goma; ni una sola burbuja.
También reconocí al tipo del taller, un buenísimo amigo de edades más tempranas al que había perdido la pista y entonces me dí cuenta de lo que había ocurrido.
Soy un ser humano y como tal he de valorar las cosas en la medida de las necesidades que cubren.
Descubrí que tengo amigos a los que recurrir en los momentos complicados, amigos que acuden y te ayudan sin poner una sola objeción y descubrí que solo entendemos el valor de un amigo cuando lo recuperamos; no cuando lo perdemos como dice el tópico, sino cuando sentimos la alegría perdida de disfrutar de su amistad restituída.
Y ahora frente al ordenador, recapacito sobre los capítulos vividos hoy y descubro la maravillosa secuencia de instantes y situaciones perfectamente enlazadas que componen nuestra vida.
Definitivamente hoy ha sido un gran día.
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