¿Y QUÉ?


Tomás Moro antes de ser piadosamente ajusticiado por los piadosos representantes de la piadosa Iglesia Anglicana, concibió el concepto “utopía” para definir un ideal alternativo al mundo real.
Claro es que en aquellos tiempos lo “utópico” era sobrevivir a la siguiente visita del párroco, inquisidor, cobrador, policía etcétera, sin demasiados traumas.
Hoy ha cambiado el decorado, pero no os pongáis demasiado cómodos; el guión es exactamente el mismo.
Desde aquellos tiempos, mucho han aprendido sobre el manejo de la mente humana, mucho se ha retorcido el mensaje, mucho se ha manipulado la percepción del mundo que vivimos.
Y esto se ha logrado con la fuerza manipuladora de las palabras.
De entre todas las palabras prostituídas, esta es una de las que, por su mal uso, más bajo han caído.
Simplemente se ha convertido en tenaza sicológica para callar mentes demasiado despiertas, mentes inquisitivas demasiado tendentes a la comparativa entre lo que es y lo que debería ser.
Esta era una palabra poderosa, fuerte y noble; un término que hablaba de sueños, de ideales de perfección, un vocablo hermoso.
Pero eran otros tiempos, hoy no gustan mucho las palabras que sirven para criticar el estado de las cosas, pero menos aún que estas gustan las que hablan de opciones, las que proponen otros modos de hacer.

Para luchar contra las terroríficas sugerencias de cambio, las cabezas pensantes han descubierto que el uso corrompido de la palabra es un poderoso aliado capaz, en sí mismo, de perpetuar la situación más delirante que podamos imaginar.

Los subterfugios malintencionados han hecho que su musicalidad sea tan malsonante que poco a poco la palabra “utopía” ha ido perdiendo categoría.
Ha pasado de ser un vocablo lleno de contenido a convertirse en un burdo canto rodado, arma arrojadiza útil cuando no se tiene argumento alguno para rebatir un lícito ideal ajeno.
“Utopía” es una de las palabras más perjudicadas por la utilización que el español alérgico a los libros hace de ella.
Y es que han dejado la pelota en nuestro tejado, se han dado cuenta de que su fuerza real es nuestra pereza.
Saben con meridiana certeza que todo lo que nos suponga un esfuerzo mínimo es interpretado por nosotros como una agresión contra nuestro cómodo estado de vida.
Así que solo tuvieron que lanzar la palabra un par de veces para que en nuestra desidia, a todas las peticiones justas las tachemos de utopicas y las damos carpetazo sin mover nuestro fofo trasero del sofá.
No hay nada como encontrar una excusa-ganzúa que sirva para abrir todas las puertas, para justificarlo todo, o casi todo.
Y se nos ha dado tan bien que nos hemos puesto en un punto en el que aqui no se va a poder pedir justicia nunca sin ser tachado de loco utópico; romántico utópico; ingénuo utópico o idiota utópico.
De lo que se trata es de poder quejarnos, de lloriquear constantemente y no tener que aguantar el reproche de no hacer nada por cambiar las cosas.
Un mundo más justo es utópico, sí; una sociedad sana y empática es utópica, por supuesto; un pueblo unido y solidario es utópico, faltaría más.
Y así hemos sido durante siglos, el concepto ha sido el mismo, el uso de la palabra idéntico; solo ha cambiado el objeto de consideración.
En la edad media era un mundo sin peste, un tiempo después sobrevivir a las guerras, poco después no perder el empleo y hoy una política limpia.
Ahora solo falta que vengan otros que sean capaces de responder: “sí, ¿y qué?”.
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