NO HAY MAYOR BIEN


No hay nada que empobrezca más al hombre que la lluvia sobre el asfalto ni cosa que le haga más señor que las gotas derramadas sobre la tierra; no hay acción más vana que el de la nube descargando en el mar sin regalar antes su beso al hombre.
No hay mayor bien que el mal del enemigo ni más grande alivio que el dolor que no llega.
No hay vida más vacía que la que no duele, no sufre ni todo lo contrario.
Es lo relativo de la vida, la subjetividad humana que hace que tomemos sandeces como lúcidos frutos de la mente; mentiras piadosas como ardorosas declaraciones de intenciones.
Y así, sin saber y sin querer aprender discurrimos por la vida porque lo más duro de hacerse listo es darse cuenta de que en realidad siempre serás el mismo idiota.
Y ahí es donde radica el principio de todos los males, el peor de todos nuestros demonios, ese que susurra al oido, ese maldito loro que grazna entre risas asmáticas que nunca serás suficientemente bueno, que si eres capaz de imaginarlo es porque otros lo imaginaron antes y que si tu eres capaz de hacerlo es porque fue desechado a priori.
Y volvemos a ver la lluvia caer con los ojos abiertos de par en par como queriendo salirse de tus cuencas, pero no buscan nada, no ven; están hipnotizados por ese olor a tierra mojada que sale del asfalto, engañoso ozono que emponzoña tu sangre con la mentira del aroma.
No merece la pena luchar, no merece la pena gritar, nadie podrá cambiar nada, eres un ridículo patético por soñar con un mundo inconcebible, por esperar un mañana más justo.
No hay mares más profundos que los de la asunción voluntaria del destino.
No hay aguas tan claras como las que discurren por los canalones de las viejas casas de piedra, aguas libres, aguas de barro y hojas podridas, aguas ricas de sonidos, de canciones, de sones tan similares a la sonrisa primigenia que si paramos nuestros pies y escuchamos, harán gritar un llanto en nuestras almas.
Lo más duro de encontrar el conocimiento es descubrir tu ignorancia, esa es la verdad única.
El miedo a tener razón, el miedo a saber sin lugar a dudas lo que encontrarás al otro lado de la ventana, al doblar la siguiente esquina.
Saber el precio de las cosas y encontrar en tu deseo el impulso de pagar y a la vez en tu ánimo la desidia de no acudir a la venta para comprar.
No hemos hecho más que empezar a descubrirnos a nosotros mismos, justo empezamos a encontrarnos y ya estamos aterrados.
¿O es que alguien piensa de verdad que el enemigo real está enfrente?
No, el enemigo está en las sombras, a nuestra espalda, observando y aprendiendo y el día en que entendamos cuan fuertes somos, cuan poderosos pueden llegar a ser nuestros actos; entonces comprenderemos por qué hacemos las cosas que hacemos.
Hasta que llegue ese momento, seguiremos luchando, intentando sin saber por qué cambiar una situación que desconocemos profundamente por otra con más incertidumbres aun.
Y es que hay un par de cosas que sí sabemos.
No hay nada que empobrezca más al hombre que la lluvia sobre el asfalto ni cosa que le haga más señor que las gotas derramadas sobre la tierra.
No hay mayor bien que el mal del enemigo ni más grande alivio que el dolor que no llega.

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