RELAX


Me notaba yo algo estresado, con los nervios en tensión.
Dormía poco y mal, durante el día me embargaba la desazón y al mínimo contratiempo y me costaba cada vez más resolver las cuestiones medianamente complejas.
No podía más, así que decidí que debía relajarme un poco, apearme de ese mundo estresante y bajar el ritmo.
Mi primera idea fue comprarme uno de esos discos “New Age” con musiquita “Chill Out” de lo más “Cool” para mis “Tantras”.
Me puse mis gayumbos de relajarme, mi incienso de relajarme, mi pose de relajarme y mi música de relajarme.
No me negaréis que mi disposición no solo era correcta, era superior.
Pues bien, a los diez segundos las campanitas y arpas que sonaban por doquier me obligaban a un sobreesfuerzo mental para lograr descifrar la melodía con la que aquella deposición de gorgoritos pretendía relajar este cuerpo serrano.
Armonías simples y ramplonas que empezaron a parecerme una tortura china, un sonido lánguido que me provocó un insoportable dolor de cabeza.
Quise ser positivo y resistir, “si duele es que cura” pensé, pero la maldita postura del loto me provocaba un dolor insoportable en las rodillas y en las ingles; para colmo el incienso olía a sobaco de camello y la vena de la sien empezaba a palpitarme como cuando estoy a punto de matar a alguien.
Pero no desistí, leí algo a cerca de unos juegos de luces que debían ser lo más para relajarse.
No me hice de rogar, a la mañana siguiente salí disparado al centro comercial y me fuí directo a la tienda de lámparas relajantes para gente que quiere relajarse como yo.
Siguiendo los sabios consejos del comercial compré dos, una para cada rincón del salón y es que los tipos saben hacer su trabajo; te colocan dos lámparas y casi sales haciendo reverencias del pedazo de favor que te ha hecho dedicándote su valiosísimo tiempo.
Llego a casa y ubico los artefactos; lámpara uno: luz azul, mola es como estar debajo del agua; lámpara dos: luz naranja, también mola le da un toque de calidez agradable.
La cosa promete, así que me acomodo en el sofá y me dejo llevar por las luces:
Luz azul, luz naranja, luz azul, luz naranja, luz naranja, luz naranja; maldita sea la lámpara de luz azul se paró.
Voy a ver que pasa, no parece que pase nada; enciendo y todo vuelve a la normalidad.
Luz azul, luz naranja, luz azul, luz azul, luz azul; vaya, ahora se para la otra; esto empieza a ser un pelín cansino.
Esta vez no apago y enciendo, esta vez le meto un cate a la lámpara díscola que se queda apagada, diez minutos después tengo que hacer lo propio con la otra.
Una hora más tarde les he metido tal somanta de palos a las dos lámparas que definitivamente no funciona ninguna y la maldita vena de la sien está a doscientos por hora otra vez.
Estaba claro que eso de relajarse iba a costar un poco más de esfuerzo, pero realmente necesitaba encontrar mi nirvana, hallar mi centro catártico o aquel estado de desazón constante iba a pasar factura a mi salud.
De pronto recordé aquello de las sales de baño con pétalos de flores, agua tibia, en definitiva; se me ocurrió tomar uno de aquellos maravillosos baños relajantes.
Pero esta vez iba a controlar cada aspecto de la terapia, nada podía fallar.
Tamaño de la bañera óptimo; mando termostático en perfecto estado de funcionamiento; sales de baño de la mejor calidad; pétalos de rosas frescas de tres clases y colores diferentes; no podía fallar.
Lleno la bañera, echo las sales, y esparzo los pétalos de flores.
Lo primero que sentí es que los pétalos se me pegaban al cuerpo, se me metían en la boca, entre los dedos, daban algo de asco, la verdad, pero no iban a poder conmigo.
Resistí e intenté ignorarlos durante el tiempo que durase el baño.
cinco minutos, cinco miserables minutos duró el baño del demonio; es lo malo del agua tibia, que se enfría en un pis pas, no como la caliente que aguanta un poco más.
Cinco minutos después allí estaba yo con cara de gilipollas hecho un caldo aderezado de verduras, helado y arrugado como una chufa y para colmo rebozado de pétalos de rosa; se imponía una ducha, había sido derrotado de nuevo.
Una vez tirada la toalla, me pongo a ver la televisión, suena el teléfono y eres tú.
Dices que vienes a verme y lo haces, unos minutos más tarde entras por la puerta tal como prometiste.
Tu nunca fallas, suspiro.
¿A que va a ser esto?

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