SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“Tres clérigos”.
Página 14


Brolinevski encaja el golpe sin un solo pestañeo, no porque sea buen fajador, que si es necesario lo es.
Simplemente ocurre que al pope lo que le pueda reprochar el hombre del turbante, lo que pùeda sufrir ese hereje, decir o cantar le trae absolutamente sin cuidado.
Opta por lo más prudente, como siempre gruñe y guarda silencio.
No es un hombre de muchas palabras y agradece la distancia que ha crecido entre ambos gracias al inteligente auspicio del hombre que acudió a buscarle.
Décadas enteras sabiendo el uno del otro, décadas recordando en todo momento lo que les une y al mismo tiempo lo que les mantiene separados de por vida.
Con todo, entre los dos ya ancianos no quedan grandes cosas que decir, entre ellos solo queda la obligación de vigilar una puerta y de evitar con sus vidas que sea abierta.
Nada debe entrar ni salir por la puerta oculta de Al_Aqsa, porque eso significará que ambos, unidos al tercer hombre en cuya búsqueda caminan, habrán perecido en una suerte de muerte horrible.
Un sabor de boca acre les llena la boca y sus efervescencias burbujean en la garganta, ese es el verdadero sabor del miedo.
Un  nuevo gruñido del pope para desconectar la parte de su mente que lo atormenta con tales pensamientos, seguro que no es más que una falsa alarma, una tontería que se solucionará con una pasada de escoba, la retirada de dos cascotes y la puerta se cerrará de nuevo para siempre. Esa es la labor para la que han sido preparados, basta ya de elucubraciones y dolores de cabeza. Simplemente hay una labor que hacer y rápido.
No intercambian ni una sola palabra más durante el camino. A cada paso que dan el sol cae un estadio, cuando llegan a las puertas de la recién reconstruida sinagoga de Hurva el astro rey está recortado en el horizonte golpeando sus retinas de lleno.
El musulmán se para en seco, en Israel las sinagogas estan más vigiladas aún que los edificios oficiales y en la ciudad de Jerusalén en concreto la obsesión por la seguridad llega a rozar la majadería.
El recuerdo de un cubo de agua sucia es un acicate suficiente para detenerse a una distancia prudencial de la construcción israelí.
El patriarca ortodoxo comprende perfectamente los temores de su acompañante, continua en solitario hacia la patrulla que tiene literalmente sitiado el templo hebreo.

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