SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“Tres clérigos”.
Página 15


Un hombre malvado y cobarde vivía aterrorizado por su propia vileza; cuanto mayor era el mal que provocaba, mayor era el pavor que sentía pensando en que un día alguien podría devolverle todo aquel dolor. Obsesionado por su protección, creó un coctel letal, una combinación ideada con el único fin de derramar la sangre de los inocentes con arrestos suficientes como para plantearle una cuestión de justicia o peor, de venganza.
Poder, odio y armas, solo un inconsciente pone eso en las calles, alguien que deliberadamente está empujando los instintos asesinos de unos pocos descerebrados contra el manantial de sus miedos.
En el caso de la tres veces santa, la crueldad roe las almas y los actos cometidos de unos contra todos y de todos contra unos ha llevado la vileza de los hombres un paso más allá.
Sin ser consciente de todo esto, un hombre uniformado y armado hasta los dientes se echa a la cara un fusil de asalto. El dedo índice presiona el gatillo hasta el mismísimo punto de no retorno, ese leve chasquido que solo el tirador percibe antes de sumar una muesca a la culata de su arma.
Apunta directo al pecho del palestino, del anciano renqueante que camina arrastrando los pies, sufriendo lo indecible para no retrasar ni un paso al despiadado acompañante que camina a largas zancadas junto a él sin reparar en sus penurias.
Se detiene en seco como si sus pies quedasen clavados en el suelo empedrado a escasos metros de los soldados.
Mira sin miedo y sin un solo sentimiento de odio o rabia en su semblante las armas deseosas de enviarle directamente a los brazos de veintisiete huríes vírgenes que le esperan desnudas con sus blancos brazos abiertos. Armas que le encañonan sin contemplación alguna.
Pero por seductoras que sean las promesas, por beato y fiel que uno sea, el árabe no puede olvidar que los dioses toman caminos insondables y que lo que puede parecer un paraíso de lo más seductor, es más que posible que se transforme en un pozo negro sin fondo.
La prudencia de la edad le hace abrir sus brazos y mostrar ostensiblemente sus manos. No puede quedar un solo rastro de duda sobre sus buenas intenciones a aquellos energúmenos con pistola. Abre su chaqueta lentamente y vuelve a elevar sus manos sobre la cabeza de modo que queden bien visibles a la guardia pretoriana del templo.
Brolineski molesto, más por el tiempo perdido entre formalidades que por el miedo que pasaba el palestino espetó.
_viene conmigo, es gente de paz_.
Respondió ladeando con un leve gesto la cabeza hacia su compañero al ver con preocupación el recelo con que observan al palestino. Recelo acrecentado por los comentarios del descerebrado que maneja las armas. 
_Como todos esos perros, hasta que estallan_.
El pope lanza fuego por los ojos al responder al soldado. 
_Solo un perro reconoce a otro perro sin necesidad de olerle el culo_.
El soldado va a responder pero no le queda más remedio que ahogar sus maldiciones en el veneno que mana a borbotones por su garganta. La autoridad que destila la voz que llega desde la puerta del templo no ofrece un solo resquicio a la insolencia.
Y por si quedase alguna duda, un hombre vestido con el atuendo de un rabino ultraortodoxo se lleva el dedo índice a los labios obligando a los militares a guardar silencio antes de mascullar.
_¡Soldado, son mis invitados!_.
Tiene el mismo efecto que las palabras del profeta Moisés al abrir las aguas del mar rojo, los soldados trazan un camino perfectamente transitable entre el palestino y el rabí judío.
El pope y el palestino murmuran un nombre.
_Jonsitz_.
El puzzle está completo, no hay un segundo que perder. El destino espera en Al-Aqsa y hacia allí encaminan sus pasos tres ancianos.

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