SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“Tres clérigos”.
Página 16

Ariel Jonsitz tiene la nariz prominente de los judíos; los ojos oscuros y redondos de los judíos, el único matiz aplicable es que los tiene permanentemente entrecerrados, como si el sol siempre se pusiese en un punto del horizonte perpendicular a sus pupilas.El labio inferior casi cubre por completo el superior ala vez que dibuja una pronunciada curva descendente en su rostro. Profundas arrugas son las grietas de aquel terrón de tierra seca con demasiados atardeceres en el desierto, un rostro animado con el fuego que titila en la mirada de los fronterizos.
Es heredero de aquellos hombres duros del desierto que vivieron a salto de mata, resistiendo con un pié en cada mundo.
En este y en el otro, aquí y allá y todo con la gravedad en el gesto del que cree ser la parte recitada en hebreo de una canción estridente y brazo ejecutor de los designios de un dios de memoria voluble. Quizá sean estos últimos aspectos algo más que simple retórica.
Los años no han pasado en vano por él, su lugar ahora lo ocupan músculos más tensos, miradas más claras y también nervios menos templados que los suyos. La juventud y sus hormonas son el manjar predilecto de los malintencionados monstruos de la guerra.
Pero es sobre todo y ante todo, Jonsitz es un devoto hombre de fe y después un hombre de acción, es un rabino ultra-ortodoxo y su esencia está compuesta a partes iguales por plomo y Tora.
Siente que ha cumplido de sobra con su cometido en la vida, al menos lo ha estado pensando durante décadas de calma tensa. Discurrir de un tiempo que ha conseguido crear la imagen engañosa de un destino bien custodiado, de que la armonía jamás se rompería y que no habría nada que cambiase eso.
La verdad es que sí ha cumplido, y de hecho lo ha hecho con creces; las almas que penden de sus armas así lo atestiguan y todas aquellas noches en vela empapado en sudor también.
Ahora le toca disfrutar del retiro más razonable para un hombre de sus condiciones, la latencia en una suerte de vida suspendida que le regala un delicioso impás de inactividad en el que puede disponer de todo el tiempo del mundo para esperar, casi desear un desenlace que antes o después ha de culminar con un aterrador encuentro, aunque él no lo sepa.
Es ley de vida.
Observa largamente a los dos hombres de avanzada edad que le observan sin pestañear. No puede dar crédito a las implicaciones que tal comitiva unida trae. Los mira y casi sonríe pensando en que él mismo es la réplica perfecta de los dos personajes que se han atrevido a acercarse hasta la puerta de su casa.
¿Cómo explicar que esas dos personas a las que odia el ex-soldado del ejército israelí son seguramente las dos personas en las que confía ciegamente sin fisuras?
El, Ariel Jonsitz, cuyas ideas sionistas radicales le llevaron, en unos momentos de su vida, a cometer actos de barbarie, actos por los que un mundo justo le habría condenado por delitos de “lesa humanidad”, esta bendecido y a la vez condenado a compartir su destino con los seres más antagonistas a su dogma que podrían encontrarse en toda la superficie del planeta.
Era la hora de caminar; accede a ir con ellos sin más demora.
Ninguno se volvió ni una sola vez hacia sus compañeros de al lado, ninguno quiso cambiar una sola palabra.
En silencio la extraña compañía apenas tardó unos minutos en acceder a las inmediaciones de la mezquita de Al-Aqsa.

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