UNA PERSONA FELIZ


Sobrecoge la virulencia con la que discuten las parejas, sus reacciones y su modo de resolver el conflicto.
Fácil es que caigan en el error de pensar que todo empezó con esta o aquella discusión; no hay que engañarse tratando de explicarlo con esas cosas del propio cónyuge que eran desconocidas y que se han hecho insalvables.
Todo empieza el día en que se encuentran dos miradas, no pueden evitar fijarse la una en la otra, regalarse una sonrisa entre el gentío de un bar atestado de gritos, risas y olores alcohólicos.
Se hacen amigos del alma, colegas de juergas y como paso previo, se unen las cuadrillas.
Todo discurre perfectamente hasta que un día están en un cine viendo una película que odian los dos, pero que han ido a ver porque creen que al otro le gustará.
Dos errores de bulto:
1) Pensar por la otra persona; hay que pensar “en, por y para” uno mismo, pues la pareja bien avenida es aquella en la que ambas partes realizan un tenso ejercicio de egoísmos que se equilibran entre sí.
2) Ver una película odiosa, con eso se está llenando de malos recuerdos lo que deberían ser los momentos más hermosos de la pareja; jamás olvidará ninguno de los dos la mierda de película que se tragaron para agradar a un ser abyecto que al que ahora se odia.
El tiempo impone su ley y un día esas dos personas deciden unirse para siempre, así que se casan.
Si una de las partes piensa en la felicidad de poder compartir la vida con el ser amado, se equivoca, eso lo puede hacer sin pasar por el altar y con mejores resultados.
La Iglesia lo gafa todo, pero esa es otra historia.
Esto cosiste en dar permiso a todos los componentes de las respectivas familias para que campen a sus anchas por su casa; que entren, que salgan, que opinen, que pongan y que dispongan.
Si esta es una decisión consensuada y a ambos les parece bien, perfecto, lo malo es que siempre existe la tendencia de imponer una familia sobre la otra, siempre hay un pariente más desconsiderado que el resto; y lo que es peor, con el beneplácito de “churri”.
Esa es la clave, que la cosa les parezca bien, porque si no disfrutan, pero de verdad, de esa situación, por muy indiferentes que se crean al respecto, esa presencia terminará desembocando en un infierno de dimensiones astronómicas.
Cuando la pareja dominada empiece a hartarse de la dominante, cuando la parte perjudicada quiera reaccionar, verá con amargura que es demasiado tarde para ellos, se hará a la idea demasiado tarde de que su pareja no quería crear un hogar conjunto; quería que pagase uno para la suya.
Un día, cuando la hartura empiece a perforar los tejidos de sus cerebros explotarán y enviarán a su media naranja a freír churros con papá, con mamá, con la cuñada progre y con el cuñado vago.
Y aquí es donde está el error, ese precisamente es el paso que jamás hay que dar.
Cuando una persona no sabe hacer de su pareja un ser humano amado, y mejor en todo momento, las puertas de la revancha se abren de par en par.
Están sus amistades, personas con quienes poder compartir el lecho, su lecho tantas veces como sea posible.
Están sus amigos y los miles de surtidores de cerveza que habitan en los mostradores más preciados de tu ciudad.
Está la mantelería de mamuchi, la foto de papuchi, la ropa que el tato ha tenido el detalle de dejar en tu casa, ya más su casa que tuya.
El abanico de posibilidades roza el infinito.
Y eso amigos míos es un placer dulce, el más sabroso; de hecho hay quien opina que precisamente en ese momento es cuando el matrimonio se hace interesante.
Y es que la pregunta flota en el aire ¿Por qué irse cuando se puede quedar y no desperdiciar la oportunidad de hacer de su vida un calvario de indiferencia?
Seamos prácticos, un divorcio es costoso, anímica, moral y económicamente costoso.
Un trauma social que perjudicará a terceras personas.
No hay que ser egoísta, no se debe abandonar el nido de amor, no dejar solo y frío el tálamo, al contrario, lo más acertado es rellenarlo de amistad y si ya no nacen sonrisas en los jardines del hogar, se importan de fuera.
Toda infidelidad nace de un abandono; en la pareja se sufre lo que se da y no saber hablar es un delito que se paga demasiado caro.
De esto te das cuenta cuando encuentras a una persona con la que todas las cosas negativas se convierten en risa.
Si tienes el acierto de ponerte en su camino, felicidades, lo has conseguido; serás una persona feliz.

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