CASTILLOS DE ARENA


Veo a una persona jugando como un niño, en su semblante retraído no hay un solo indicio que indique si disfruta o si está dejando correr el tiempo.
Es metódico, sistemático; coloca cada puñado de arena en el lugar y proporción perfectos y traza las líneas maestras de su diseño con una dosificación de esfuerzo impecable, es un robot.
Es un niño que juega con la arena en la playa sin una sola sonrisa, es una imagen extraña, hipnótica.
Cuando considera que lo tiene terminado llama a su hermana pequeña, un ángel de guiños azules y rizos dorados que abre los ojos de par en par.
Puede ver a su hada favorita revolotear entre las almenas y las torres; entrar por el portón o cabalgar por el camino que ha aplanado su hermano.
El niño la observa, busca en su rostro el momento idóneo, el instante en que el castillo de arena lleva a la pequeña al cúlmen de un sueño hermoso como solo los inocentes pueden concebir.
Y ese segundo asoma en las pupilas de la pequeña, su hermano no lo deja escapar, descarga su rabia contra el castillo arrancando a la pequeña de su mundo de fantasía con la brusquedad de una bofetada.
Ahora sí, ahora el niño sí sonríe, se divierte, disfruta esperando ansioso ver las primeras lágrimas de su hermana.
Durante los últimos años la niña había estallado en llanto sin llegar a comprender la maldad que llevaba a su querido hermano mayor a hacerle esas cosas malas, pero ha empezado a comprender y es la primera vez que ha utilizado esa claridad.
Le mira sin un solo sentimiento en sus ojos especialmente opacos, le mira y ya no ve al niño que tiene enfrente, nunca más lo verá.
Precisamente ha tenido que ser con su hermano.
El niño está desorientado, la indiferencia de su hermana, su juguete, su propiedad le hieren de un modo jamás experimentado hasta entonces.
Una sensación de angustia que desata un torrente nuevo de pensamientos, de reacciones que se graban como marcas de fuego en su mente.
Reacciona ante ese dolor con todas sus fuerzas, golpea a su hermana, la empuja y le da una patada antes de que su padre llegue a tiempo de agarrarlo.
Retira al niño y pregunta a su hermana ¿qué has hecho a tu hermano?
A estas alturas la pequeña no solo ha aprendido a entender quien es su hermano, también se ha dado cuenta de quien ha sido su referente.
“Es como papá con mamá” piensa.
Y esa es la única realidad, la verdad absoluta que descansa en un guantazo, papá y mamá gritando, golpeando, insultando, jurando, ofendiendo y descargando su frustración en el saco de arena más próximo y débil.
Y es que ser violento y maltratador no tiene nada que ver con ser valiente.
Y ahora que sabemos que hacen eso porque es lo que saben hacer, porque son parte integrante de una cadena en la que las victimas de hoy siguen son los violentos del mañana ¿qué hacemos con ellos?
Exacto, mirar para otro lado.

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