SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“Tres clérigos”.
Página 18


Siete cerraduras dibujan un óvalo metálico y sobre la carne de siete robles milenarios profundos clavos y lejanas palabras suman esfuerzos y fijan sus mecanismos al portón.
Dicen que la mismísima reina de los dioses antiguos introdujo aquellos árboles sovervios en la tierra, y dicen que puso tanto amor en ello que dignificó con verdadera divinidad a aquellos seres grandiosos.
Algo hay de cierto en ello, pues estos árboles han  pagado con sus vidas el precio de estar unidos a la tierra con raices hechas de tal materia.
La madera conserva su fragancia a bosque, a vida; su substancia transformada en vigas mancilladas de acero es ahora la frontera entre un lado y otro del umbral oculto de Al-Aqsa.
Siete llaves que ponen a salvo de las volubles voluntades de los hombres lo que sea que yace guardado tras los muros.
Cuatro de ellas están inutilizadas, sucias y violentadas. En algún momento, quizá azuzado por delirios dementes, alguno de los predecesores de los tres ancianos introdujo su llave y rompió la cabeza de la misma dejando los mecanismos de su cerraja perpetuamente abierto.
Solo quedan tres guardianes y tres llaves en condiciones operativas. El resto han sucumbido a las desavenencias, al tiempo, a las enfermedades y a las conspiraciones. Traiciones que encadenan cielo y tierra, traiciones de las que los únicos supervivientes son aquellos tres hombres, con eso está todo dicho.
Les ha costado comprender que solo unidos podrán cumplir con su cometido, aun les cuesta más mantener vigente el juramento que les une.
Hasta el momento de la tregua, unas veces la codicia, otras la envidia, en definitiva cualquier cuestión incómoda ha desencadenado una tormenta cuyo fin ha sido una nueva llave rota encastrada para siempre en su cerradura.
El precio de tal alianza es vivir en constante sospecha, en el recelo que embarga a los tres ancianos que empuñan sus llaves y las muestran a los otros como símbolo de identidad, como trámite inexcusable para adquirir el beneplácito unánime a su presencia en el lugar más celosamente guardado de la humanidad durante los últimos milenios.
Tres cerraduras para tres llaves, una llave para cada uno de los representantes, un representante humano para cada uno de los supervivientes señores del firmamento, un superviviente para cada infierno y para cada cielo.
Todo converge en un punto concreto del universo, todo empieza y termina en Al-Aqsa.
Ante la puerta desencajada por la inconsciencia del hombre poseedor de un poder destructor y abandonado a su suerte sin un camino recto que seguir.
Ahora el cierre que nunca se abrió a lo largo de los milenios no precisaba que se accionase ninguna de sus cerraduras; accidentalmente se abrió al ser arrancada de sus goznes por la onda expansiva de una explosión, de una demostración obejtiva de cuan bastarda era la hermandad de aquellos tres seres humanos.
Profanación, sangre, insana ceguera que hace a los hombres esclavos de una fe mal entendida, de unos dogmas que ellos saben a la perfección como y de qué se alimentan, de dónde sale todo aquel odio concentrado.

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