LONG TIME AGO


Tres versos de Pete Seeger y unos pocos más de Joe Hickerson cerraban una década, los cincuenta y la voz de una jóven que se comía el mundo abría otra, los sesenta.
Tardaron unos años en llegarnos, como todo lo que llegaba a España por aquel entonces, tarde, demasiado tarde.
Hoy, por gentileza de mi desconocido amigo Tomás, hoy Joan Baez volvió a cantar para mí aquella canción fantástica “Where have all the flowers gone”.
Más de tres décadas han pasado desde aquel momento en que aprendí mi primer texto de memoria.
No fue simplemente eso, tuve que memorizarlo, comprenderlo y decirle a los cuarenta galopines de mi atestada clase lo que yo había entendido en aquellas palabras.
Aprendí el texto sin haber escuchado jamás la canción, y cuando la profesora, la señorita María, entendió que íbamos a comprender su significado dentro de su contexto, nos la regaló.
Un experimento harto arriesgado para la última hora de una tarde de viernes.
Una vieja cinta de Joan Baez y como por arte de magia las palabras aprendidas ratificaron su huella en mi mente infantil.
¿Tenéis una melodía recurrente, esa tonadilla que silbáis cuando sentís una sombra rozando vuestro cogote, cuando los fantasmas acechan en la escalera; esa vía de escape que entonáis a veces cuando la necesidad de salir de tu realidad se hace perentoria?
Pues esa tonadilla para mi es “Where have all the flowers gone” y mi vía de escape la imagen de una Joan Baez sonriente que robó el corazón de aquel canijo.
Aun hoy es mi silbido inconsciente, mi farfulleo entre dientes, el ruido de fondo de mis pensamientos.
Aun hoy me quedo paralizado, manso e indefenso cuando la escucho; me obliga a recorrer todo el camino andado desde aquel entonces y duele.
Echo mucho de menos a aquel niño, mi mundo interior, mis pensamientos.
Solo me quedan ecos.
Recuerdos inconexos muchas veces por decisión propia y una vida que transcurre de espaldas al niño que fui, al niño que vivía sus últimos instantes de inocencia feliz.
Y hoy alguien me vuelve a regalar esta canción y sin imaginar como ni por qué me obliga a recorrer ese camino de nuevo.
Busco la mirada de aquel niño y la encuentro fija en mi presencia, acabo de comprender dónde miran los niños cuando miran a la nada, acabo de comprender que los escalofríos no los provocan los fantasmas y que a nuestra espalda no hay más presencia que la del hombre que seremos.
Es como si pudiese empezar de nuevo desde ese precioso instante.
Acabo de darme cuenta amigo Tomás de que yo sabía que este momento habría de llegar, solo necesitaba una pequeña ayuda.
Maldita sea, cuanto lo estaba necesitando y que delicioso dolorcillo deja.
Gracias.

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