SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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Capítulo segundo


“La jaula del loco”.
Página 20


Sobre una loma arbolada el viejo Hospital Mental de Hadamar contempla el ruidoso discurrir del río.
Cuantos secretos terribles comparten los muros cenicientos con la espuma de aquellos remolinos, cuantos lamentos no quedaron enmudecidos por el bramido de la piadosa crecida.
El río apaga sus voces y el puente que lo vadea pone tierra de por medio entre el mundo de los hombres y el horror de sus entrañas.
No hace mucho tiempo que en sus fachadas cruces gamadas, swástikas ondeaban y gritaban al mundo que aquel era el dulce hogar de la muerte, antípoda absoluta de cualquier sentimiento atribuible a la humanidad.
Eran los tiempos de la Alemania nazi, de elegidos y rechazados; eran los tiempos de espartanos rituales de aptitud física en los que solo los fuertes, los bellos y los crueles tenían un sitio bajo el sol.
Entre aquellos muros los gritos, los llantos de niños, de enfermos, de locos y de seres humanos considerados como “inferiores” o irrecuperables enmudecieron para siempre olvidados.
La euthanasia como medio de limpieza étnica, vocablo referido a los asesinatos cometidos en sus asépticas estancias.
De eso hablan los cientos de tumbas cavadas en el pulcro y ordenado cementerio anexo, de eso hablan los desgraciados cubiertos por la tierra rojiza, húmeda y fría.
Pero nadie oye nada, nadie entiende el temblor en los hombros al acercarse al infierno de Hadamar, nadie entiende que aquellos espíritus vagan por sus jardines empujando o intentando empujar a los inocentes lejos de aquel horror.
Hoy nadie quiere recordar qué ni cómo, nadie quiere saber quién ni por qué. Hoy en día los recuerdos son una substancia física de la que no se pueden librar mirando hacia otro lado.
Está alli, y en él anida ese algo que fluye entre el puente y el edificio con forma de niebla; en ese algo que baña todo en un sudor frío.
Hoy los recuerdos quedan relegados a las historias que se olvidan en tres segundos, en una férrea voluntad por no recordar ni valorar el pasado. Hoy solo quedan imágenes en blanco y negro, artísticas fotografías impresas y enmarcadas que como objetos pintorescos muestran sin rubor un pequeño camposanto, una alineación completa de varios equipos generacionales de médicos y enfermeras.
Algunos de ellos fueron los que directamente asesinaron a la mayoría de aquellas víctimas, lo delatan sus ojos opacos; a su alrededor no hay inocencia, pero en los de los verdugos hay un infierno de gas, de venenos, de amputaciones, de muerte.
Como si aquellos pobres desgraciados que cayeron en sus manos hubiesen dejado impresas en ellos sus rostros desencajados.
Ante el mundo, ubicado en el terreno que un día fué aquel cementerio de tumbas anónimas perfectamente alineadas, se levanta un monumento que desea recordar a las víctimas.
Mucho me temo que el único recuerdo vivo allí es el de los supervivientes, el de los asesinos que a los ojos de los nuevos huéspedes no son nadie.
Hoy la mole del edificio antiguo, debidamente rehabilitada y modernizadas sus instalaciones, es una institución mental de primer orden que recibe enfermos “especiales” de todo el Mundo.

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