LA BÓVEDA DEL FIN DEL MUNDO


Entre Rusia, Noruega, Groenlandia y Alaska, como eje del mundo de los hielos está el archipiélago noruego de Svalbard, “la Perla del Ártico”, un lugar remoto, que pese a ser absolutamente inhóspito cuenta con asentamientos humanos, es el sitio habitado más próximo al Polo Norte geográfico.
Es este un lugar imposible, un trozo de otro mundo incrustado por arte de magia en ese pedazo de la Tierra que los humanos no queríamos y que sus habitantes han encontrado apto para llamarlo “hogar”.
Tanto es así que en una de sus islas se ubica una construcción más propia de una saga de de ciencia ficción: “La Bóveda Global de Semillas de Svalbard” también conocida como la “Bóveda del Fin del Mundo”.

Y esta es una muy buena razón para hablar de un país como Noruega, esto explica muchas cosas sobre lo que hay en el interior de gran parte del pueblo noruego y de su implicación con el mundo que comparten con el resto de la humanidad.
A unos 130 metros de profundidad excavados en la roca madre de una montaña en la isla de Spitsbergen a mil kilómetros de Noruega y a otros mil del Polo Norte han ubicado la Bóveda con la idea de ser al mundo de la agricultura lo que el arca de Noé fue a la fauna.
Es, sin ningún género de dudas, el almacén de semillas más grande del mundo, y ha sido diseñado con la romántica misión de proteger la biodiversidad de los cultivos que nos sirven como alimento en caso de cataclismo medioambiental o de extinción.
Cien millones de semillas procedentes de un centenar de países avalan su dedicación; pero albergan la esperanza de que día a día esta cantidad se multiplique, pues tienen capacidad hasta dos mil millones de semillas.
Podemos pensar que es una majadería propia de mentes infantiles, de románticos locos que no tienen nada mejor que hacer con sus fortunas, pero si nos detenemos un segundo a recapacitar y hacemos caso de los datos arrojados nos encontraremos que hoy en día el noventa por ciento de nuestros alimentos provienen de sólo ciento cincuenta plantas distintas procedentes de treinta grandes cultivos diseminados por el mundo.
Si lo cotejamos con las más de siete mil especies vegetales que conformaban nuestra dieta el siglo pasado, descubriremos que el proyecto puede ser de todo, excepto descabellado.
Habida cuenta de que no solo hablamos de comida, no debemos olvidar las plantas medicinales, plantas de las cuales hemos sintetizado la gran parte de los medicamentos de hoy en día, de los buenos, de los que funcionan; analgésicos, drogas, somníferos, estimulantes, antidepresivos, etcétera.
La construcción de la Bóveda no se ha dejado al azar, es un búnquer prácticamente invulnerable, resistente a la actividad volcánica, los terremotos, los tsunamis, la radiación, los cambios climáticos o las invasiones víricas.
Se ha estudiado su enclavamiento, se ha escogido el lugar por motivos geográficos y geológicos, ya que en el caso de que ocurra un fallo eléctrico, las capas de hielo permanentemente conforman un perfecto frigorífico que mantendrá las muestras a menos seis grados celsius.
Y este proyecto, como todos, cuenta con detractores que esgrimen cualquier criterio para explicar su oposición.
De todos los argumentos lanzados contra la Bóveda, el de más peso es el de la lógica pura y dura.
El que dice que si se da un cataclismo, no necesitaremos semilla alguna, si el cataclismo es de suficiente envergadura como para acabar con las especies vegetales nosotros no seremos más que vapor de agua y sales minerales bastante tiempo antes.
Así que lo más seguro es que no tendremos que preocuparnos demasiado de si tenemos o no patatas, lechugas o muesly para el desayuno.
Además y esto ya vulnera nuestro orgullo de raza predominante, lo más seguro es que tras el cataclismo el equilibrio natural se restaurará por sí mismo rescatando algunas especies y originando nuevas.
Otro argumento en contra es el de la conspiranoia, el que desconfía y hace desconfiar de todo y de todos.
Es cierto que hay nombres metidos en el ajo que son como para echarse a temblar.
Y es que si decimos que la financiación es mixta, privada y pública y que en ella, junto con el gobierno de Noruega, están el matrimonio Gates, la Fundación Rockefeller, Monsanto y Syngenta a uno se le aflojan las carnes.
Solo queda una pregunta:
¿Qué futuro preven los patrocinadores del banco de semillas, que amenaza la disponibilidad de unas semillas que ya están bien protegidas por bancos especializados a lo largo y ancho de todo el mundo?

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