GUERRAS PERDIDAS


Escuchaba al padre del monstruo noruego hablar, desear que se hubiese suicidado antes de cometer semejante atrocidad, renegar de su vástago y cuanto más traducían al padre de la “criatura, más injusto me parecía.
Traemos niños al mundo y no nos detenemos un solo segundo a pensar, los ponemos en este mundo insano como kamikazes.
Los engendramos, los criamos mejor o peor, les damos un “aire de familia” y a una edad determinada decidimos que ya es suficiente, que ya son mayorcitos para campar por el mundo a sus anchas.
Y nos vemos reflejados en ellos, nuestros valores, la educación que les hemos inculcado; orgullosos de que nuestros hijos puedan dar ese paso más allá que nosotros no pudimos dar.
La mejor formación posible; una formación acorde a su estatus, una formación alineada a una ideología y firme defensora de unas convicciones que serán el arma que pondremos en sus manos para que ellos, por fin, alcancen las metas que se nos han mostrado esquivas a lo largo de nuestras vidas.
Y ahora viene ese silencio en el que parece ser que nadie quiere decir nada, porque sabemos que todo lo que se diga va a resultar, como mínimo, incómodo.
Bien, a mi lo que me falta por saber en esta ecuación, es si la personalidad de ese asesino ha surgido en su interior por generación espontánea o es un incendio provocado por unas brasas bien alimentadas en el seno familiar; quiero saber si al padre le basta con dar la espalda a una cámara y avergonzarse de su hijo para pagar la responsabilidad contraída con las familias de las víctimas de su vástago.
¿Hasta que punto las convicciones de papá son ajenas o han podido ser la brújula del hijo?
¿Podemos decir que un niño nace racista, crece psicópata y madura cometiendo asesinatos en masa o vamos a dejar de ser hipócritas y vamos a empezar a delimitar las responsabilidades pertinentes?
Todo en nuestra sociedad está diseñado para desembocar en esto, a diferentes niveles, pero todo aboca al enfrentamiento, al rechazo frontal, a la hostilidad, a la eliminación del contra punto.
La política, por ejemplo, un partido hace campaña en función del contrario, odia lo que dice, odia lo que propone, odia lo que piensa y lo combate con ferocidad transmitiendo ese odio a su feligresía.
Es una trampa falaz, los partidos políticos hacen esto por dos razones estratégicas.
1) Centran la atención en el rival directo haciendo que el resto de opciones pasen desapercibidas, opciones que quedan fuera del debate y mueren.
2) Entran en la dinámica bipartidista del desgaste, una vez borrados del mapa político los partidos minoritarios solo quedan ellos y los otros.
Así ninguna de las partes se ve obligada a hacer concesiones, así no debaten ni pulen aspectos poco humanistas de sus dogmas; simplemente esperan a que el contrario se desgaste para ocupar su lugar e imponer un criterio que ha sido rechazado en las urnas tres convocatorias seguidas.
El precio de este peligroso juego es una democracia muerta, una libertad aplastada, unos derechos humanos pisoteados y un caldo de cultivo óptimo en el que la sinrazón radical campa a sus anchas.
¿Cómo se puede concebir sino que en esta civilización nuestra el castigo al agresor sea mucho más llevadero que el mal infringido?
¿Cómo se puede concebir sino que dentro de unas semanas esto se haya olvidado como tantas y tantas cosas sin que sepamos como?
Simplemente estamos demasiado ocupados odiando al vecino como para entretenernos en guerras perdidas.
Y es que nos enseñan a perder desde muy temprana edad.

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