SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“La jaula del loco”.
Página 25


La calidez del salón de actos casi le inquieta, tan desacostumbrado está a no tener nada bueno que decir que sin haber disfrutado de la atmósfera confortable que respira ya la siente perdida, ya la siente como un bien robado. Es el paroxismo de la desgracia, del vacío emocional de un hombre acostumbrado a no recibir respuesta, a no preguntar y a no querer saber.
La calefacción caldea el aire y conjura el frío del exterior, respirar se hace placentero. En cada bocanada de aire el penetrante olor de la madera utilizada con profusión en el mobiliario, en suelos y paredes, acaricia el alma y unido al potente olor al cuero con el que están tapizados los asientos; ofrecen a los presentes el estatus otrora reservado a reyes.
Todo en el salón de actos está dispuesto y coordinado para crear esa indescriptible sensación de bienestar.
Han acudido a su llamada, ha conseguido llamar la atención de todos aquellos viejos indolentes, parásitos insidiosos que han hecho del insulto, del desprecio y del descrédito a su persona su modo de vida. Esos hombres extraídos del mismo molde que el mismo doctor Willig se han reunido en torno al decano de Hadamar y este a penas puede contener la carcajada de su soberbia.
Saludos, apretones de manos, reencuentros más o menos afortunados y el anfitrión revoloteando por el salón de actos para cerciorarse de que uno a uno sus colegas y rivales mantienen ese punto de espectación que la ocasión merece.
Sonríe satisfecho, su ego le eleva fuera de si y el orgullo de ser el centro del universo embota sus sentidos. Aquellos hombres son absolutamente suyos durante esos momentos y nadie osará interrumpir su monólogo.
Es feliz.
Es la conferencia que ha querido dar desde que puso por primera vez los pies en el Hospital Mental de Hadamar, es el segundo exacto que necesitaba vivir con ansia.
Va a pasearse por delante de las narices de sus odiados colegas para frotar en sus caras la constatación de que la naturaleza por fin se ha puesto de su parte. El secreto de la burbuja le pertenece.
Y así, arropado por el salón, el aroma a madera, a tabaco de pipa y a naftalina; ante las eminencias mundiales que han marcado las pautas durante las últimas décadas de su materia de estudio, Karlos Willig se dispone a vivir la culminación feliz a años y años de investigación y trabajo duro.
Observa el recinto, sopesa el delicado equilibrio, la eléctrica expectación; es el momento.
Con deliberada parsimonia recorre el pasillo central, a sus lados cientos de cabezas acomodadas en el patio de butacas le siguen en silencio. Saben que les está torturando deliberadamente y aceptan tomar parte del juego; el protocolo manda.
Un hombre frente a un atril, ha ensayado ese momento tantas veces, lo ha vivido en tantas ocasiones que no necesita ni el obligado pliego con el discurso preparado.
_Queridos colegas, compañeros de profesión:
Se que no descubriré nada nuevo si les cuento cuantos sacrificios han sido necesarios, cuantas veces he tenido que reunir toda mi convicción, mis ganas por intentarlo una vez más.
Se que todos ustedes, amigos míos, tendrán con toda seguridad testimonios mucho más valiosos que el que yo pueda darles en este momento al respecto_.
Sus colegas aceptan de buen grado la mano tendida que rompe tensiones y que hace gala de un sentido de la propiedad exquisito, el puente surte efecto y las reticencias sucumben de inmediato. Es dueño de la situación y de sus voluntades; es su día.
_Del mismo modo que ustedes, doctores saben que a veces el fin a conseguir es…_.
Se detiene en seco, sus labios se niegan a obedecerle; golpea el suelo con el tacón derecho tratando de romper el bloqueo. Sabe que es inútil.
Fiel a su cita, como todas las noches, una mujer toma especial relevancia entre su público. Contrasta sus ropas rojas carmesí con la sobriedad reinante entre los doctores; y en ella contrastan la superlativa palidez de su piel casi azulada con su mirada ígnea.
Lleva ricas ropas de cuero rojo y una gruesa capa de piel, al incorporarse y ponerse en pie, hace gala de una estatura inusual incluso para una recia mujer del norte.
Todos los asistentes observan de hito en hito a la extraña mujer y al doctor Karlos Willig, todos hacen gestos de ignorancia que pronto empiezan a ser aspavientos burlescos y risas; terribles carcajadas y bufonadas exageradas que le duelen de vergüenza.
El no puede moverse, ha de soportar el chaparrón y ha de ver como la mujer camina hacia el.
Al llegar a su lado no se detiene un segundo, sus manos se mueven como cisnes blancos, en ella todo es un delectante ballet de movimientos acompasados, su determinación es insoportable.
Con dulzura acaricia el cuello del anciano, se desliza a su alrededor como un remolino de abril hasta quedar a su espalda. No puede oponerse, ella aparta la cabeza del anciano, amorosa, mientras el siente la punzada de su piel gélida. No llega a sentir las fauces de la mujer al cerrarse sobre su garganta, un dulce mareo se apodera de él, lo acuna en un baile narcótico que termina con su cuerpo exánime en el suelo.
Cuando despierta de la pesadilla, su primer pensamiento es una maldición, como cada vez que regresa de tal ensoñación la única palabra, su primer pensamiento es para el nombre de aquel sujeto encerrado en la burbuja.
Paxton.

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