SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“La jaula del loco”.
Página 26


Desde que sufre las pesadillas El doctor vive en la impaciencia de ver amanecer, de encontrar la excusa perfecta para huir de su alcoba y refugiarse en el único lugar del mundo en el que encuentra esa sensación de seguridad indispensable para restituir su aplomo, el hospital.
A primera hora evita los pasillos que conducen a la sala de la burbuja, no se siente con ánimos para enfrentarse a la misma cara, a la misma sonrisa, a la nada más absoluta con que todos los días le recibe Paxton.
Su primera visita es a la zona infantil, Una sucesión de estancias asépticas, salas del hospital saturadas de niños afectados por diversos tipos de demencia.
Para el doctor Willig, jefe del Departamento de Emergencia y de Tratamientos experimentales, es una satisfacción poder tratar con buenos resultados las afecciones de algunos niños aunque sean de pocos años de edad. Necesita el estímulo que le reporta llenar su mañana con cosas más concretas, ganar alguna batalla, aunque sea pequeña, antes de lanzarse al vacío, a la guerra final de la jornada: Paxton.
Nadie pregunta, ni mucho menos cuestiona, los métodos del psiquiatra, él ofrece resultados que es lo que trasciende, y de los cuerpos que por las noches abandonan el centro envueltos en bolsas de plástico, nadie sabe nada.
El suspiro de alivio de algunos padres, liberados de su carga es suficiente rúbrica para el terrorífico acuerdo.
Es un método eficaz para evitar la aglomeración de pacientes sin solución, que contribuye a descuidar la atención de los internos recuperables o de familias más influyentes. Los niños salen en bolsas o salen de la mano de sus padres, un costo humano que solo los niños se niegan a pagar, pero ¿quién hace caso de la opinión de un loco?
El doctor pronto se arrepintió de haber decidido permitir la salida de aquellos niños con mejor suerte; de los pequeños pacientes procedentes de familias pudientes cuyo tratamiento médico pudiera ser costeado y suministrado por sus progenitores.
Los niños hablan, cuentan y a veces es difícil achacar sus relatos a las secuelas de un tratamiento demasiado duro. Pueden poner al hospital y a Willig en la tesitura de explicar esos métodos o de hablar sobre su paciente maldito.
Ambas opciones se antojan peligrosas.
Los niños que hablan, que narran historias sobre un hombre encerrado en una cárcel de cristal, de un hombre que se aparece en sus sueños y les habla; son internados de nuevo por consejo del propio doctor, de hecho salen del centro con el compromiso por parte de los los familiares de llevar al niño al centro para hacer cumplido seguimiento de la evolución del menor y para atajar cualquier síntoma de recaída. Esos niños jamás vuelven a poner un pié con vida fuera de las instalaciones del centro. 
Willig ha dejado atrás la zona infantil, como todos los días enciende su pipa frente a una ventana del corredor. Deja evadirse la mirada en el poderoso color verde y en las gotas que perlan el cristal.
Es un día lluvioso, uno de esos días en los que la mente, por la razón que sea se muestra más vulnerable.
Quizá la melancolía, la tristeza contagiosa, el olor a tierra mojada nos hace más receptivos, más vulnerables a esas fuerzas inconfesables que nos agreden, que nos consuelan y que nos hacen vivir situaciones difíciles de compartir.
Siente en el cuello los latidos de su corazón un dolor palpitante a flor de piel, siente una comezón extraña ahí dónde la demoníaca mujer clavó sus caninos. También siente la caricia de sus manos suaves y frías, el olor especiado y fragante de su piel blanca.
Recuerda el nombre de Paxton, la pregunta que le retuerce los sesos, ¿por qué?. Sabe que no solo los niños o él mismo han sentido su influjo.
Personas sanas incluso, aseguran que en alguna ocasión han sido poseídas en sueños donde aparecía Paxton.
Da dos profundas caladas a la pipa con la mirada perdida, las volutas de humo danzan delante de su rostro, fuera sigue lloviendo y la conclusión es que por demencial que pueda parecer, tiene sobrados indicios para pensar que el tormento onírico que estaba sufriendo en las últimas noches, es provocado de modo intencionado por el paciente de la burbuja.
Dos nuevas caladas, el doctor aspira el humo, lo retiene en sus pulmones un segundo y lo exhala suavemente.
Willig no es estúpido y si muy ambicioso. Daría su alma por descubrir ese mecanismo psíquico con el que ese personaje es capaz de materializarse en los sueños de varias mentes a la vez e interactuar con ellas.
Eso podría suponer la llave a un influjo inmenso, a un poder que va a hacer suyo al precio que sea.

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