FOBIA A LAS FOBIAS


Se que en muchas ocasiones mi opinión sobre el gremio de los psicólogos ha suscitado no pocas críticas, también puedo entender que mi antipatía hacia ese gremio sea plato de difícil digestión para personas que han sido tratadas con éxito por un psicólogo.
Pero ocurre que uno del todo tonto no es, y puede ser que una agorafobia sea realmente un problema muy serio para quién la padece, una enfermedad psicológica que cause una minusvalía tangible y constatable en el paciente.
Y entiendo que efectivamente el campo de dicha disciplina es amplio y por supuesto necesario contra el que no tengo en absoluto objeción alguna.
A mi lo que me escama es cuando al colegio de psicólogos literalmente se les va la olla, cuando empiezan con el pitorreo padre para sacarse un quítame allá esos tratamientos para traumas alucinantes.
Y es que la cosa no es baladí, un tratamiento de pe a pa puede salir por unos dos mil euros como nada y resulta sangrante leer que tienen tratamientos para enfermedades como, atentos al nombrecito, la AULAFOBIA.
Esto no tiene nada que ver con el miedo a las aulas, no, eso es más un recurso que nuestros hijos han debido aprender de nosotros.
La aulafobia viene a ser, no perdáis detalle, “miedo a las flautas”.
Trato de imaginarme la situación:
En las películas americanas, y los yankys saben de majaras más que nadie, el chico siempre tiene un trauma porque de pequeño tuvo un encuentro desagradable con algo, con el objeto de sus miedos interiores.
Miedo que no suele confesar en el estudio de un terapeuta sino en un lugar apartado de la gente en el que la chica se le frota en plan supercomprensivo.
Y eso sí, arropados ambos por un maravilloso juego de sombras a contraluz.
Por eso nos encontramos con héroes de la aviación que tienen miedo a volar, bomberos con miedo al fuego, policías con miedo a los gangster de dos metros armados hasta los dientes, etcétera.
Así que vamos a suponer que una persona cuando era joven tuvo un encuentro indeseable con una flauta.
Una flauta luminosa bajó envuelta en extrañas luces del cielo y se llevó a sus padres y a su querida mascota Chester, un galápago amante de las flautas.
El trató de agarrar la flauta de Chester para salvar a su familia, todos agarrados a la maldita flauta como a un clavo ardiendo.
Cuando parecía que iban a salvarse, las partes de la flauta se sueltan y ¡Oh maigad! a tomar viento papá, mamá y Chester el galápago flautista.
Nuestro héroe nunca volvió a ser el mismo.
La lógica aplastante dice que un yanky que desarrolla terror a las flautas no puede estudiar otra cosa más que música, especialidad experto en instrumentos de viento desmontables.
Y su frustración es que siendo el mejor intérprete del mundo por una serie de cualidades intrínsecas a su persona, no porque haya tocado la maldita flauta de mierda en su vida, es incapaz de tocar el instrumento en cuestión.
Será necesaria una nueva invasión extraterrestre de “flautanos” para que tomando la vieja flauta de Chester toque la canción más espectacular del mundo venciendo a propios y extraños y liberando al planeta de los marcianos flauta.
Las imágenes translúcidas de sus seres queridos le saludan sonrientes desde el más allá y Chester hace un gesto de esos que a los yankys les hacen tanta gracia.
Fundido en negro y sanseacabó.
Pero a mi me asalta una duda ¿qué hace la gente normal con AULAFOBIA?
Pues muy simple, preparan dos mil eurazos, van a unas sesiones de hipnosis y les convencen de que las flautas no son sus enemigas.
Ahí es nada.

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