EL FIN DE LA HISTORIA


Es difícil explicar la sensación que tengo cuando un libro, una novela hace presa en mi.
Anula mi voluntad, me lleva corriendo desde el trabajo a casa con desasosiego, con la responsabilidad de dar vida a aquellos mundos con la intensa voracidad de mis retinas.
Los primeros segundos pasan comprobando que no ha pasado nada en mi ausencia, es como pasar lista, reviso que cada personaje, cada componente ocupa en mi cabeza su lugar correspondiente, que cada espacio es como lo dejé.
Respiro profundamente aliviado al constatar que sin mi el cielo se hace irrespirable, las flores vuelven a la tierra y los enamorados se hacen desconocidos.
Héroes y villanos se sientan en la misma piedra del camino tratando de recordar qué están haciendo allí, cómo han llegado a aquel lugar y por qué chorrea sangre caliente de sus manos.
Todo se detiene hasta que vuelvo a tomar el volumen con ambas manos, sopeso el objeto y paso la mano por el lomo; necesito de unos segundos para acceder al estado mental necesario antes de provocar un cataclismo por culpa de mi desidia.
Sus vidas se hacen mías y sus plegarias encuentran cumplida respuesta en mi complacencia.
Así ocurre letra a letra, página a página hasta el final, hasta el incierto futuro de lo no escrito; ¿y qué será de ellos ahora?
Terminar una novela es un acto de compasión, una mano posada dulcemente sobre unas tapas cerradas, un suspiro de paz y una mirada a la nada.
El fin de la historia lo componen un cúmulo de caricias que dan consuelo al libro que muere sin mi mirada, que se ahoga sin el murmullo de mis labios recitando sus palabras hacia adentro.
Paso conteniendo el aliento por ese tránsito en el que ante mis ojos pasan los actos importantes de mi vida; los buenos y los malos, para hacerme pagar cuantos sinsabores traje al mundo y para devolverme en forma de gotas de pena cada feliz encuentro con los destinos de mis fantasmas.
Y es que cerrar una historia es morir a un mundo y pasar a otra vida.
A fin de cuentas, el acto de sentarse a leer no es más que una comunión perfecta entre la esperanza, la ilusión y la realidad; soñar.
Y mientras se produce esa resurrección uno empieza a sentir nostalgia de personajes, de hermanos, de amores que se van para siempre.
Añoranza sentida de lugares y sensaciones que nunca volverán a ser iguales, que no se repetirán jamás aunque repita ese camino una y mil veces, aunque me empeñe en no salir de sus límites, aunque cierre los ojos para retener cada luz dentro de ellos.
El vacío que deja cada lectura requiere de un tiempo de rehabilitación, un descanso en el que mi fantasía se adormezca de nuevo y deje de bombardear mis sentidos con todas esas cosas que no son, con todos esos colores imposibles que nunca serán, miradas inconcebibles que nunca podré volver a soñar.
Todo lo que una vez fue mío, lo que gracias a esas palabras pulcras y sencillas un día viví y que nadie podrá vivir y sentir del mismo modo que yo. 
Quien estuviese en el alma del que lee con amor.
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