SIN PULSO


José Luis Mera Córdoba
(Josetxo Mera)
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“La jaula del loco”.
Página 28

 Los años son sábanas suaves que arrullan el alma, que la envuelven en resbaladizos abrazos de lujuria y encantan al hombre maduro, al joven y al niño.
Crean, sobre la base de la fuerza vital de la persona, capa sobre capa
, piedra sobre piedra, un precioso entramado de vigas capaz de soportar cargas infinitas; cargas como las que retuercen los cimientos del vivir, cargas como las edades .
Así es mientras la materia  es la madera del árbol recio, ni muy joven ni demasiado añoso, de fibras poderosas y al mismo tiempo flexibles. Cuando la calidad baja y la cobardía impide la percepción de tal estado, la experiencia, la maestría dejan de ser un grado y se convierten en pantomimas de sí mismas, eso no es envejecer, eso es hacerse viejo. Y esa sutil diferencia es lo que Willig experimenta con dolorosa clarividencia en ese preciso instante. Toda su dignidad, todo su influjo personal son en ese instante los de un trapo arrugado y tirado en el suelo.
Al viejo doctor le fallan las piernas un instante, el suficiente para perder la verticalidad y caer de rodillas convulso por la nausea que le embota los sentidos. Abre la boca
y desencaja la mandíbula en una mueca, burla de si mismo, buscando un estímulo cerebral que le produzca el vómito o un desencadenante reflejo que le impulse a tragar una bocanada de aire.
Mareado y con un punzante dolor opresivo en la boca del estómago, cada movimiento de sus pulmones se traduce en una laceración insoportable, en una familiar y dolorosa sensación de muerte.
Lucha, trata de sobreponerse, con los dedos adormecidos trata de arrancarse el pecho mientras aplica sus conocimientos para mitigar los efectos de un incipiente infarto.

Fuerza una tos violenta y fuerte para acto seguido inspirar larga y profundamente. Repite esta maniobra hasta que paulatinamente recupera la calma y el dolor remite, al menos en intensidad.
Maltrecho y agotado levanta el rostro y casi sufre un nuevo infarto, solo su fuerza de voluntad y su pragmatismo evitan que se reproduzca el desastre.
Desde su posición postrada en el suelo no da crédito a lo que hay delante suyo, Paxton esta frente a él tras la pared transparente observando sus evoluciones con una sonrisa burlona en la cara y la mano apoyada en el lado opuesto de la burbuja, casi pegado a su cara.
Willig ni siquiera se ha podido percatar de los movimientos de su paciente, absorto como estaba en sus pensamientos, no percibió como Paxton se levantaba con verdadera expectación, como si hubiese sido testigo de la llegada de la parca un segundo antes de que esta estrujara el corazón del psiquiatra, como si la hubiese visto llegar envuelta en su niebla negra a tomar su trofeo.
Ensimismado en una dama vestida de rojo, en una mujer extraña que le aterra y enerva, que le trae tantos terrores infantiles como fuegos adolescentes, Willig no le ha visto ni escuchado al moverse.
Y el tipo no necesitó ni un segundo para aparecer ahí junto a él como si llevase toda la vida a su lado relajado y sonriente.

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