UN GRANITO MÁS Y LA PLAYA SE CONVERTIRÁ EN MÁRMOL.


Definitivamente, el romanticismo es para los ignorantes, para los escasos de recursos empáticos que, como yo, nos quedamos en la fotografía sonriente y no vamos más allá.
No vemos el suspiro fortuito, no comprendemos esas pequeñas desconexiones ni sabemos interpretar ese gesto molesto con los labios cuando hablamos de futuro.
Definitivamente, el romanticismo es para egoístas con el futuro bien amarrado que se pueden permitir el lujo de juzgar a alguien por tomar la decisión más acertada en el momento más delicado de su vida.
Esa es ella, mi “Marru”, mi Luz, mi ideal de sonrisa y mi consuelo.
Siempre fuerte, siempre positiva y sin embargo yo aquí, lejos de su lado lo lamento, siento que haya tomado esa decisión, siento que haya sido necesaria, siento muchas cosas; pero sobre todo, siento no estar allí para abrazarla con cualquier excusa, esta sería estupenda.
Hoy se cierran las puertas, otras puertas, otras de tantas puertas.
La calle está llena de ellas, polvorientas y enrejadas, cadáveres, locales cerrados, vidas terminadas que un día de ilusión y valentía echaron a andar.
En las paredes, en los cristales, en el escaparate nunca más la veré a ella, a mi rubia; y creedme, contra su feliz alivio, yo siento una preocupante tristeza.
La imagen de su sonrisa tras el cristal de su oficina me hace feliz, es una de las imágenes recurrentes que tengo de ella y me acompañará siempre en el corazón aunque en mi memoria los detalles se vayan desprendiendo como motas de polvo.
Su facilidad para sonreír, su inconmensurable y contagioso optimismo; y su mensaje de bienvenida alto y claro en los ojos son la llave maestra que utilizo a diario para cerrar la caja de los truenos y ser el tipo con más suerte del mundo.
No quiero pensar que es una derrota, no quiero pensar que me han robado a mi chica comerciante a mi chica de la tienda, y me niego a creer que nunca volveré a disfrutar de ese escenario.
Estoy seguro de que mi visión es sesgada, que mi amor por ella me hace ser egoísta, pero ella es paciente conmigo me toma de la mano y me saca a la calle.
Allí me sonríe, me besa y me quiere; pero también me muestra el reguero de comercios muertos que hacen de la gran Avenida un rosario.
Ella ve los meses; justos, muy justos a fin de mes, yo solo veo su sonrisa.
Ella ve facturas y márgenes cada día más estrechos, yo pensaba que ella era feliz.
Ella ve que ha conseguido hacer un gran negocio con su local, su último negocio, y ahora respira con alivio.
Seguro que tiene razón, como de costumbre, pero me queda un sabor amargo en la boca, porque estoy sintiendo físicamente el dolor de entender esta sociedad de hoy, estoy comprendiendo a quemarropa que lo que nos pasa, nos pasa por ser como somos.
Por cambiar el paseo por las calles del barrio por el estruendo lumínico del centro comercial.
Por cambiar el comercio de nombre y apellidos en el que tanto el tendero como el atendido son alguien por la franquicia deshumanizada en la que el tendero es un standar y el atendido una estadística.
Mi Luzi dice sentirse libre, está feliz y satisfecha; yo no soy ella, no le llego a la suela de los zapatos; por eso pienso que su tienda cerrada es un granito de humanidad que perdemos todos.
Un granito más y la playa se convertirá en mármol.
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