SOMOS TORMENTA


Vivo al borde del mar y casi la espero a diario, es verla a lo lejos y ya no puedo desprender mis ojos de la línea del horizonte.
_Ven_ le suplico, _ven madre a proteger a tus hijos, ven madre pues han pasado demasiadas estaciones sin tus besos_.
Ella responde y se apremia, fuerza su paso y el mar protesta, el también es su hijo y no quiere perderla, yo le comprendo, es mi hermano.
La galerna ha llegado veloz a la tierra, el viento es recio y el agua azota con furia, es mi canción favorita y con las primeras estrofas, con las primeras gotas, salimos a las ventanas y a las puertas a recibirla como se merece, es ella, mamá ha llegado.
Nos ponemos al borde del aguacero a verla entre nosotros, nos acariciamos la piel pensativos, apoyados en los umbrales como si en ese preciso momento nos diésemos cuenta de que ese tacto tan especial no obedece al de nuestra verdadera naturaleza.
Siempre me pregunto por que amamos la tormenta, por que entramos en esa dulce paz cuando llega.
La presión atmosférica cede su ímpetu y nuestros hombros se descargan de presión, nuestros pulmones y nuestras arterias reciben gozosos la tregua, y entre aparato eléctrico y embates de agua, nos permitimos ese lapso de somnolienta felicidad.
Daos cuenta de la profunda calma con la que suspiramos cuando amaina y que sentimiento nos regala ese estado que nos sume en el vacío interior.
Instante de calma chicha en el corazón, tan difícil de encontrar y que cada vez que se vuelve a marchar arranca un diminuto sollozo involuntario de nuestro pecho.
Sobrecoge detenerse a mirar al cielo sin miedo, poderoso y terrible, mostrando en su semblante el gesto adusto del hermano celoso que se agarra a sus faldas acaparando segundos que no le pertenecen, que agota su paciencia y está apunto de dar un puñetazo en la mesa.
Mas gracias a ella no lo tememos; ella nos llama, calma el hervor de nuestra sangre y nos invita a gozar del espectáculo, es la naturaleza en estado puro, que entre abrazos juguetea con nuestro cabello, que entre historias de piedras y de ríos pasa la tarde hablando, contando cosas que todos comprendemos sin entender por qué.
Mamá es la lamia que cuando despliega todo su poder danzando entre los fríos besos de rocío, fundida con la tierra y mil gotas de agua es la belleza llevada al paroxismo.
Un rayo tras otro, un trueno tras otro y pienso en lo parecidos que somos a la tormenta, muñecos hechos de materia y energía.
Un puñado de casualidades maravillosas disueltas en agua y llevadas por el viento al feliz encuentro con el rayo perfecto, con la inyección de vida primigenia.
Esa es la raíz de la paz de la tormenta, ese es el suspiro que sale de lo más profundo de nuestra nostalgia, del recuerdo implícito en nuestro ADN de aquellos felices tiempos en los que éramos sustrato fértil de la tierra, de aquel entonces en el que no debíamos cargar con la carga de ser unos maravillosos seres humanos hechos a la imagen y semejanza de un dios más falso que la misericordia de sus profetas.
Somos tormenta y somos tierra, somos el grito de la tierra y el silencio del umbrío, somos los hombres; somos los olvidadizos, los que morimos para volver a la vida, a la tierra; los que hemos de morir para ser vida.
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