UNAS GOTAS DE AGUA EN LOS LABIOS


A la hora de valorar la visita del máximo dirigente de la secta cristiana a nuestro país, creo que hemos de reflexionar unos segundos, eliminar las pasiones y dejarnos llevar por el pragmatismo puro y duro.
¿Ha sido positivo o no? ¿ha aportado algo nuevo o no?
Bien, reflexionemos con una parábola extraída de la vida misma.
Por las ardientes arenas africanas una mujer se juega la vida caminando, es poco lo que se juega, le resta poco, muy poco tiempo y si no ocurre un milagro la apuesta no pasará de ser un brindis a las estrellas, un bonito gesto estético, pero inútil.
Sus pies están abrasados, las fuerzas se le escapan a través de los poros y cada paso tirando de sus hijos es un dolor en el alma infinitamente mayor que el de su cuerpo.
Dos semanas hacia Kenia con sus dos hijos, uno de cuatro años que ya sabe lo que es caminar hasta la extenuación y un bebe de doce meses, dos semanas de suplicio y de imploradoras miradas al cielo agradeciendo que al menos el más pequeño aún no se entere de nada.
El bebé sufre de inanición y está al borde del colapso como lo están su madre y su hermano, pero su corta edad le lleva a ir en un saquito a la espalda de su madre lo que le permite economizar unas valiosísimas fuerzas que se revelarán imprescindibles para aferrarse a la vida.
La maldita hambruna se llevó a los más débiles del poblado, ancianos, y niños, Solo necesita cerrar un segundo los ojos para ver los cuerpos en el suelo, sacados de las casas a cientos, solo necesita cerrar los ojos para romper a llorar.
No puede permitírse semejante despilfarro, no puede llorar, no puede pensar, no puede dejar sitio al miedo o a la desesperanza.
Solo ha de caminar.
Desde el primer momento ella supo que había que huir o el destino impondría su ley con ella y con sus hijos también.
Cuando su hijo mayor se derrumbó de bruces sobre el suelo de Kenya su madre se detuvo, trató de reanimarlo refrescando su cara con unas gotas del escaso agua que portaba e intentando que bebiese algo, el niño ya inconsciente era incapaz de beber.
Desesperada la madre pide ayuda a las gentes que caminaban junto a ella en aquella comitiva de muerte, cadáveres vivientes que se movían por inercia pura y dura, seres humanos a los que ya les cuesta más energía realizar el esfuerzo de detenerse que el de continuar con un paso más.
Saben el final de su camino, Kenya o caer reventados al suelo como ese niño al que no quisieron ni mirar, nadie se detuvo.
Llegó el momento de tomar la elección más cruel que la vida puede imponer a una madre, la de dejar tirado en el camino al hijo agotado para poner todos sus esfuerzos en salvar al pequeño.
Da la sensación de que al dar la espalda ya ha dado por muerto al niño, pero no lo está, aun le quedan duras jornadas, días enteros abrasándose al sol agonizando ante la impotente indiferencia de los caminantes que ven en él a su hijo abandonado kilómetros atrás o que abandonará unos días más adelante.
Su madre no se detiene, no mira atrás, acaba de arrancarse el alma para poder dar ese paso, allí la ha dejado junto a su pequeño, allí queda para que los dioses bajen junto a los licaones a alimentarse de ella.
A la mujer le quedan las pesadillas para el resto de su vida, el terror y el dolor cuando vea a un niño de la edad de su malogrado retoño, ella vivirá con eso, si sobrevive el resto de sus días, no le queda más remedio que aceptarlo como no le queda más remedio que agradecer a quien sea si llega a salvarse ella y a su bebé si es posible.
Mientras se aleja agradece a su dios que se haya llevado a su hijo, porque el agua que lleva no llegaba para los tres.
Os preguntaréis qué tiene que ver esto con el Papa, todo o nada, pero la verdad es que a mi el papa y su comitiva de falsos y mentirosos me importa una soberana mierda.
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