INTELIGENCIA.


Que mundo este a que velocidad avanza y a que velocidad gana terreno en nosotros esa necesidad de agrupar, de estratificarlo todo; de meterlo en pequeños paquetitos de fácil acceso a disposición si procede del usuario de esa máquina que unos llaman persona y que tu llamas “Yo”.

Todos caemos en la tentación de observar la inteligencia como una realidad inquebrantable del ser humano, que nosotros poseemos a raudales y que no se puede compartir ni regalar; “se es como se es”, se acepta y punto.
Y así nos vanagloriamos de nuestros aciertos al tiempo que rezamos por el anonimato de nuestros errores, por ese mirar asustado a los lados cuando metemos la pata suplicando de mil formas diferentes que ese momento desgraciado haya pasado tan inadvertido como tus grandes logros.
Pero la verdad es que existen otras inteligencias tan importantes o más que la de vivir equivocado, que también es una actitud inteligente, y mucho.
Tenemos la inteligencia de saber estar callado cuando tienes la intuición de que todo lo que digas podrá ser utilizado y de hecho lo será en tu contra, cuando algo te dice que no debiste pensar lo que estás a punto de decir y que no debiste decir lo que dijiste sin pensar.
La inteligencia de entonar una saeta cada vez que un policía vestido de antidisturbios cruza tu barrera mental de seguridad absolutamente enajenado, mascando el bocado y sin ronzal.
La inteligencia o el buen oído necesarios para dar una tregua a tu vecindario y tirar a tomar vientos aquel maldito saxofón que suena a cuesco de mulo viejo.
Hay muchas formas de inteligencia, aunque en mi humilde opinión no son tales, sino que son resultados de una forma inteligente de conducirse en la vida, de ser consecuente y de tener la suerte de nacer con un don.
Y es que en realidad solo un tipo dotado con esa inteligencia, con la de verdad, con la inteligencia por excelencia, estará dotado de un arma capaz de desentrañar todos los secretos del universo y de la vida misma.
La que utilizamos casi en todo momento; para regatear, para mirar un calendario, para medir el tiempo y el espacio en un semáforo, para estimar cantidades y proporciones en una comida, para determinar el porcentaje de verdad o mentira en las palabras de un farsante, para todo.
Hay que ser inteligente para no perder el trabajo, la pareja o la cabeza; para visualizar mentalmente un lugar u objeto en sus tres dimensiones y con todo lujo de detalles y para tomar decisiones cuando el estado de animo es propicio a la hora de elegir.
Y es que la inteligencia no está en el saber, está en la actitud hacia el aprendizaje; no está en la destreza sino en el entrenamiento; no está en la opulencia sino en el trabajo.
Conducirse inteligentemente es mucho más fácil de lo que cabe esperar, es una actitud tan inteligente que está diseñada para que un tonto pueda hacerse con poco esfuerzo listo.
¿Qué más se puede pedir?
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