TANATOCRESIS


Hay animales que dependen de la muerte de otros.
No para alimentarse de su carroña, esto no les haría dignos de mención ni de estudio alguno.
Me refiero a una serie de animales que toman partes de los cadáveres de otros para su uso.
Un ejemplo sería el cangrejo ermitaño, que va por la vida correteando por los fondos marinos, comiendo y creciendo; y que si tiene suerte y encuentra caracoles muertos en su camino, podrá ir adoptando sus caracolas vacías como parte de sí mismo para proteger su blando y vulnerable abdomen.
Este es un fenómeno absolutamente natural, ejemplo de adaptación y de evolución ligadas a un comportamiento determinado.
Tanto es así que el cuerpo del animal ha rehusado evolucionar hacia formas más acorazadas o mejor dotadas para la defensa como sí hicieron otras especies de su misma clase, simplemente ha economizado medios.
A esta estrategia algunos estudiosos zoólogos la denominan “tanatocresis”, que para los que ni estudiamos tanto ni entendemos tanto de animales, viene a ser la prueba fehaciente de que comportamientos como “llevarse lo del muerto puesto” no son en definitiva tan humanos como nuestra pedantería podría imaginar sino que son actitudes y hábitos absolutamente heredados de ancestros con más patas y articulaciones de las que tenemos ahora y que , por cierto, llevaban el esqueleto por fuera.
Es ver a ese pequeño cangrejo asomar las patitas por su caracola de segunda mano, ya demasiado pequeña para su último estirón, mirando esa flamante caracola de pinchos, reluciente, dura, segura y amplia y me viene a la cabeza aquella familia cuyo patriarca se encuentra con tres patas en el otro barrio y sus vástagos con rostro compungido alrededor de su tálamo de muerte.
De pronto el cangrejito a lo lejos, entre la arena en suspensión que enturbia el agua, ve la silueta de un pulpo especializado en vaciar caracoles cono sorbiendo sus caracolas y dejándolas limpias como los chorros del oro.
El artrópodo se acuerda de los muertos de la madre naturaleza que no le ha dotado de carrillos ni labios para poder silbar; momento exacto en el que, sin saber por qué, casualidades atávicas de la vida, los cinco tipos que rodean la cama del abuelo se ponen a silbar.
El abuelo que gracias a su inminente pertenencia al mundo paralelo tiene una visión del cangrejo de las narices se da cuenta del reflejo.
_Cabrones_
Masculla entre tosas asmáticas, tensando los tendinosos dedos como garfios.
Por el pasillo llegan aromas y ruido de cubiertos, es la hora de la comida.
Una enfermera despampanante acaricia la frente del viejo y este parece recargar su batería unos tres mil voltios.
_¿Qué tenemos para comer hoy guapa?_.
La enfermera coloca la bandeja sobre la mesa plegable de la cama y con una risita divertida responde.
_Pulpo_.
El abuelo prorrumpe en sonoras carcajadas y toses.
_Joderos cabrones, cangrejos de mierda_.
Los vástagos del yaciente se miran desconsolados, el maldito viejo se aferra a la vida como un tigre, ya empiezan a temer que el abuelo les heredará a ellos en vez de ellos a él.
Nada de casitas bajo el mar.
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