TAN CANSADO


Lo malo de estar cansado no es el agotamiento físico inherente a tal estado.
Es la casi incapacidad de pensar con la fluidez necesaria como para poder hilar dos o tres ideas concretas de un modo medianamente coherente.
Llevo mucho tiempo en este estado, demasiado y compruebo que cada día me cuesta más, cada día abrir el ordenador se transforma en un esfuerzo titánico que me consume las escasas reservas energéticas con las que llego a casa.
Mi cerebro está lento, no ve el modo de sacar partido a ninguna idea, no encuentra la primera palabra, esa palabra sobre la que se basará todo el texto y que tiene la difícil tarea de engancharos en la primera fracción de segundo.
Llevo demasiado tiempo durmiendo entre tres y cuatro horas al día, muchas veces menos, y los repuntes de actividad en mi trabajo de verdad, el que me llena la nevera, tiene inmediato y contundente reflejo en mis escritos; simplemente me quedo vacío.
Antes me movía con las reservas de ilusión, con esa chispa que da la ingenua idea de ver un día tu esfuerzo, en mayor o menor medida, reconocido.
Esa fuente de energía se agotó hace muchos meses y con ese depósito también vacío mucho me temo que esta máquina va a la deriva.
Cada día me cansa más, cada día me agota más y sinceramente, si he seguido escribiendo ha sido por unas pocas personas que me quieren y que, desconsiderado de mí, he obligado en cierto modo a leer mis textos.
Hace tiempo tomé una decisión y a día de hoy, mucho me temo que va a ser la indicada.
Esta afición por escribir es para personas que pueden dedicar su vida a ello, no para el operario número un millón de una fábrica en la que hace mucho ruido como para leer un artículo o fragmento de novela alguna.
Mucho menos para escribirlo.
Si no me estalla una vena del cerebro antes, voy a terminar de revisar el estilo de las dos novelas que tengo terminadas, las encuadernaré y hasta aquí hemos llegado.
He estado mirando en sitios donde te hacen una encuadernación artesana “en plan antiguo” y el resultado es precioso; voy a convertir mis dos novelas en sendos muebles decorativos.
He de reconocer que si bien es obvio que queda un escalón por encima del sufrido libro que se usa como para de armario cojo un servidor humildemente hubiera preferido esto último, pero eso amigos míos ya no está en mi mano.
El sueño del “escribidor” que decía una que fue mi amiga se termina ahí.
Con dos exclusivísimos libros en la estantería modernista del piso de Luzi, que tampoco está nada mal.
Un enorme beso y gracias.
Todo esto, me lo digo a mi mismo todos los días cuando despierto con las teclas del ordenador clavadas en mi frente; me digo que no puedo continuar así, que un día tendré un accidente.
Pero claro, es muy fácil decirlo, ya sabéis a lo que me refiero.
En fin, estoy cansado y estar así, hoy me ha servido para tener algo que contaros, mañana será otro día.
Ahora me voy con mis lamias y mis ángeles.

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