OH FORTUNA


Creo que habrá pocas, poquísimas personas en el mundo que no conozcan los coros del Carmina Burana, que no hayan vibrado con esa potencia “in crescendo” capaz de elevar el alma del más profano a cotas casi excelencia inconcebibles en otras obras aun de gran envergadura.
Y cuando uno se encuentra ante una obra realmente especial, ante un fragmento único de la cultura o del arte de la humanidad no puede dejar de preguntarse que hay detrás de la canción, que tenía en el alma aquel lejano hombre que la sintió crecer en su interior.
La razón del ser de las voces, de los tempos, de esa fuerza terrible que emana de cada compás.
La respuesta es tan simple como emocionante: amor, la respuesta es el amor.
El amor sensual, jovial; la bebida; la comida; en definitiva el sacrosanto gozo de vivir.
El don que nos fue regalado por la vida y arrebatado por los cielos.
Es esta canción una patada al vacío, un puño levantado al sol, un himno nacido de la disidencia interna, del cáncer que acosaba al monstruo; un exabrupto maravilloso nacido de las entrañas de la iglesia y alimentado por la rebelión espiritual de un escueto grupo humano: los Monjes Goliardos.
Verdadera antítesis de lo que el dogma romano exigía a sus siervos, estos eran monjes cultos, itinerantes, exclaustrados; en extremo inclinados al deleite del buen manjar; del vino y otros brevajes espirituosos; y por supuesto, a las mujeres.
No es que los papas, obispos y cardenales coetáneos aborreciesen aquellos placeres para sí, solo los aborrecían para los demás, ellos por su proximidad con Dios estaban licenciados de todo tipo de represalia divina que llevase al que incurriese en goce carnal.
Esta doble moral de la jerarquía clerical debía hacerles mucha gracia a estos monjes que en sus canciones abundaban en las prohibidas temáticas profanas y en la rica imáginería mágica; un descarado desafío que provocaba las iras apostolicorromanas y que despertaba el ingenioso humor con el que zaherían a la escasa inteligencia eclesiástica.
Así que amigos míos, posiblemente estemos ante la primera canción protesta de la historia, una reivindicación del sentir humano con más de setecientos años de antigüedad, ahí es nada.
El fragmento que todos conocemos como Carmina Burana, en realidad se titula “Fortuna Imperatrix mundi” aunque se le conoce más como el Oh Fortuna debido a que es con estas dos palabras con las que empieza.
Y como se puede deducir trata de una exaltación de la Fortuna, elevada a la categoría de divinidad en cuyas manos está el destino de la humanidad.
En sus versos hace manifiesta denostación del carácter velado de la Fortuna que puede destruir el porvenir o arrasar la salud en un solo paso imprudente.
Diosa caprichosa que mortifica y bendice con igual vulubilidad; que hace desconfiados y viles a los hombres y que rebela las debilidades de los más recios.
Es de suponer que tales poderes atribuidos a tan efímera entidad sin que medie ninguna amenaza de tormento eterno, fuego infernal, purgatorio despiadado o condena infinita contra la feligresía era un plato ácimo para la delicada gula católica. Para aquella sucia curia que no terminaba de ver con buenos ojos un pueblo feliz y sin miedo.
Ya lo dice la canción:
Oh Fortuna…
Solo espero que por una sola vez, tras leer estas letras, busquéis este fragmento y lo escuchéis, que lo escuchéis pensando en aquellos monjes que seguro que amaban a Dios sobre todas las cosas y que lo amaban de verdad, porque nunca dejaron de agradecer al cielo todas las cosas buenas derramadas por él en la tierra.
Muy al contrario de sus coetáneos “oficiales”.
Quizá cabría preguntarse qué habría pasado si estos monjes hubiesen dictado los dogmas de la iglesia, cómo sería el mundo hoy.
“Oh Fortuna,
como la luna
variable de estado,
siempre creces
o decreces;
¡Que vida tan detestable!
ahora oprimes
después alivias
como un juego,
a la pobreza
y al poder”
¿Impresionante verdad?

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