NEONATO


Yo que soy barro puedo hablarte de los caminos, de senderos olvidados en cuyas encrucijadas aun se abandonan a los neonatos. 
Bajo los cruceros de piedra entregados a la suerte que depara el caminante yacen indefensos.
Solos con la única compañía de la amenazante sombra cruzada sobre la que asisto suspendido al destino del recién llegado.
Es tentador dejarse llevar por la imaginación, abandonarse a divagaciones y adivinar el desenlace de esta historia sin empezar.
Cuento los pasos, las paradas y las frases de aliento; cuento los suspiros, las gotas de sudor y los golpes de hambre.
Soy el camino que te lleva hasta la cruz de piedra, a sus pies, allí donde la inocencia necesita del hombre impuro.
Soy el sino que se desliza bajo tus pies, retorcido compendio de calamidades que se interpone entre tu principio y tu fin.
Es por esto que puedo hablarte de los hombres que transitan el mundo inalcanzables al sentido, a salvo de dirección alguna.

Es por esto que te he escogido de entre todos ellos para que escribas la historia del niño bajo la sombra con tu puño y letra.
Para que utilices toda tu villanía y tu peor vileza, para que condenes mil veces tu alma por preservar su vida.
Silencio soy para escuchar sus lamentos y silencio para sobrecoger el alma con recuerdos.
Yo que fui tierra y que fui agua puedo hablarte de vida, de muerte; mil cuentos soy de tránsitos serenos y de tragedias.
Mil frases incompletas esperando a mil viajeros con respuestas.
Hombres que en su camino conocieron mundos asombrosos de atardeceres rojos ígneos, días frescos de brisas fragantes, noches infinitas por caminos lácteos siguiendo el pulso de estrellas baldías.
Yo guiaré tus pasos desde el aire, desde la lluvia; yo te cubriré de oscuridad y procuraré la espalda de tu enemigo a tu puñal.
Libertad serás de almas perdidas, de condenados deudores, consuelo de sangre serás para malintencionadas bestias hambrientas.
Yo que fui un pensamiento se lo que digo cuando hablo de corazones atormentados, de almas cándidas iluminadas por el milagro de despertar abrazado a cada nuevo día con la fuerza de un coloso.
Llanto inocente llama al guerrero, es la hora de acudir a su llamada.
Es la hora, es la hora.
¡Cielo, es la hora, te toca darle el biberón al crío, despierta de una vez ya hombre!
Maldita sea la hora, menuda nochecita lleva, cuatro llantinas por hora.
Y yo con las empanadillas de tu señora madre paseándose por mi sistema digestivo a placer.
Mucho me temo que esta vez no va a ser hambre, Dios que peste.

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