QUE TODO SIGA IGUAL


Los humanos, desde que tenemos consciencia de nosotros mismos, hemos intuido que nuestros cuerpos y mentes no están separados de un modo tan expeditivo como se pueda imaginar. 
Existen infinidad de pruebas empíricas que demuestran que el estado mental nos afecta al cuerpo y viceversa; y que lo hace con una fuerza considerable.
Una mente depresiva “duele” y un cuerpo dolorido acongoja; es un dato objetivo.
Pero esto no pasaría de ser un simple truco psicológico si no fuese porque estas afirmaciones, de siempre han suscitado en el ser humano un embrujo especial.
Siempre hemos mostrado una exacervada debilidad por las “claves que abren puertas”, más si esas puertas que se abren nos dan libre acceso a los pensamientos íntimos de nuestros convecinos.
Surge así la pregunta universal ¿Cómo podemos utilizar esto?
Muchas vueltas le dimos al asunto, ya lo creo, desarrollamos técnicas más o menos afortunadas de control mental, tratamientos invasivos y otras aberraciones con el fin de descubrir ese interruptor que nos haga omniscientes con un solo clic.
Los resultados fueron un absoluto despropósito, si bien hubo resultados prometedores, al final se revelaron como desastrosas consecuencias de los desmanes cometidos en nuestros cobayas humanos.
Hasta que un día comprendimos una segunda ley, toda una revelación, una teoría ganzúa que abriría la Caja de Pandora y que seguramente fue el primer paso hacia el final de nuestra civilización.
Entendimos nuestro lugar en el mundo, que en una sociedad radicalmente individualista en la que prima la competitividad y la rivalidad feroz entre iguales, contra todo pronóstico, el individuo y el entorno, la tribu, conservan una relación de íntima simbiosis, no están tan separados como parece.
Esta fue la clave, porque comprendimos que la primera teoría unida a la segunda conformaban un sistema, un modo de conducir a la masa una y otra vez a los pastos más convenientes.
Nos dimos cuenta de que una porción de nuestra mente ejercía una poderosa influencia sobre las mentes de las personas a nuestro alrededor.
Se crean así paradigmas, hilos de pensamiento afines que ayudan al grupo a establecer unas simples pero necesarias reglas del juego.
Y aquí es donde aparece la política, aquí es donde unos pocos deciden que ya está bien de darse cuenta de las cosas que el asunto tal como está es perfecto y que esa chusma (nosotros) ya ha tenido toda la filosofía que necesita para los próximos dos o tres milenios.
Lo malo es que ya han pasado y estamos en un punto de cabreo medio, en un punto de si pero no, subiendo la presión pero a falta de unos grados.
Esto nos hace impredecibles, para ellos no saber cuando les va a estallar la burbuja del chollo en la cara es desolador, sus mercados se asustan, sus bolsas se desmoronan y es que un país cabreado no es un país rentable. 
El dinero es un socio cobarde que te abandona a las primeras de cambio.
¿Como saber lo que ocurrirá mañana? muy simple, asegurándose de que permanezca igual que el presente y lo intentan con desesperación, con violencia, con trampas y con mentiras.
Conocemos el pasado, no podemos cambiado y pero el futuro sí, aunque no podamos conocerlo.
Permaneceremos aquí.

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