LO HUMANO Y LO ANIMAL


Siempre estamos intentando abandonar al animal que llevamos dentro, dejar atrás al mono arborícola que nos mira la espalda lleno de incertidumbre.
Nos avergonzamos de nuestros ancestros, nada de monstruos peludos en nuestro árbol genealógico, nada de plátanos ni saltos de rama en rama.
Somos lo más alto, la cúspide de la evolución, nada más y nada menos; y desde nuestro trono, desde lo más alto, todo nos parece pequeño e indigno para nuestra categoría cuasi divina.
Es infinitamente más bonito imaginarse emparentado con eunucos alados que con cuadrúpedos saltarines, así podemos ser soberbios sin la necesidad de entender que todo el mérito de lo que hemos llegado a ser les pertenece a ellos y solo a ellos.
Nosotros como humanos hechos, como “producto terminado” no hemos evolucionado apenas, dado que hemos aprendido a modificar el entorno de acuerdo a nuestras características presentes.
Cuando se dice “modificar el entorno”, realmente utilizamos un modo dulce de decir “destruir todo aquello que nos moleste lo más mínimo”.
Así que nuestros organismos no se han visto en las encrucijadas que obligan a cambios, a las consabidas mutaciones adaptativas que por el contrario si están experimentando otras especies.
Aducimos el intelecto, la imaginación, la creatividad como unidad de ruptura tangible entre el animal y el hombre, como excusa a nuestra desastrosa barbarie.
Pero la verdad es que ninguno de los componentes del proceso evolutivo que ha llevado al nacimiento del concepto de “Mente”, ninguno de ellos por separado, ha sido un acto consciente.
Simplemente surgió como resultado de la interacción de varios y diferentes procesos físicos que podemos llamar neuronales o corporales con el entorno.
Y claro, si miramos con un poco de aplomo la forma de interactuar con el entorno del hombre moderno, uno puede empezar a temblar y no parar hasta que se le seque la hierba bajo los pies.
Dicen los estudiosos o los asustadores profesionales, en ocasiones vienen a ser los mismos, que hoy entramos en lo que llaman “Déficit ecológico”.
Esto viene a significar que hemos agotado todos los recursos naturales que la Tierra es capaz de restituir.
Así que los que sean consumidos a partir de hoy en el mundo, no podrán ser reemplazados por la naturaleza.
Con esto, uno duda mucho que la percepción del ser humano como tal y su lugar en la naturaleza sean demasiado acertados.
Tampoco se hace muy asumible la idea de que el concepto diferenciador que barajamos entre lo humano y lo animal forme parte de un proceso mental correctamente organizado.
Pero aun, en contra de toda evidencia, seguimos interiorizando nuestra propia conciencia como una anomalía difícil de clasificar dentro del marco humano donde todo procede de la materia y de todos los fenómenos físicos, químicos y eléctricos que se producen en ella.
Todo ese arsenal mental, todo ese armamento creativo para encontrar un nicho fuera del ámbito natural, lejos del animal que somos.
Cuánto hemos perdido con esto, qué absurdo es suponer que la vida y la conciencia son dones arbitrarios de fuerzas que no dan prueba de su existencia, que exigen de la fe ciega para concebir su existencia pues ni tienen forma ni proceden de la materia.
Y dado que carece de ellas, no puede ni podrá jamás darnos lo que no tiene.
La vida y la conciencia son  una forma de organización de la materia novedosa, un nuevo estímulo cuyo origen no puede ser la simple casualidad, lo accidental.
Y por supuesto que no tenemos derecho a hacer con ella lo que estamos haciendo.
Un crimen.

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