ODA DE UN IDIOTA A LA AMIGA BORDE DE LA NOVIA QUE SIEMPRE QUISO


Solo necesité mirarte una vez para darme cuenta de lo mucho que me ibas a doler.
Podría decir que fueron tus ojitos asustadizos los que me arrebataron la voluntad.
Pero a esta distancia y con lo que está cayendo, no vería una manada de lechuzas con conjuntivitis parpadeando como locas.
Podría hacer como esos poetas cansinos que dan mil vueltas a las palabras para no decir nada.
Compararte con ríos cantarines que van dando saltitos hacia el mar, pero tu olor me habla de un conflicto abierto contra las balsámicas propiedades del agua.
O con montañas de cumbres suaves de contornos sensuales que estallan en coloridos otoños, pero tus hombros blancos me hablan de cumbres nevadas y el brillo de tu pelo evoca en mí el amargor de los aromáticos trujales en pleno mes de enero.
Pero lo que no haré nunca; pero nunca, nunca, nunca; será recurrir al camino fácil, a evocar los nórdicos valles frondosos solo comparables a lo tupido de tus rincones.
Poesía, que bella palabra, cuantas cosas hermosas se podrían decir de ti si te encajasen, que rimas fragantes e hipnóticas llenaran de embeleso este corazón mío si tu belleza anegase de sentimiento este corazón mío, no es así.
Además verso de mis entretelas, mucho me temo que mi sentido de la métrica se perdió en algún momento ubicado entre el primero y el décimo vino, mi armonía la olvidé entre el onceavo y el vigésimo; pero maldita sea mi estampa si no conservo intacto mi sentido de la estética.
No voy a dar giros y rodeos exasperantes reteniendo tu atención durante largos segundos, de hecho me interesas tanto como lo que tienes detrás de ti.
Por eso iré directo y a la encía.
No voy a hastiarte soberanamente para terminar escuchando algo que se dice en cuatro palabras.
“Preséntame a tu amiga”.
Claro que para retener tu atención antes habría de llamarla, y esa, amiga mía, es otra historia.
Se me pasó por la cabeza jurar a propios y ajenos que fue tu sonrisa la que rompió todas mis defensas; pero no lo ibas a creer y sería contraproducente.
O peor aun, te lo creías y entonces la condena habría sido eterna.
Bueno, fue una sonrisa, pero no precisamente la tuya.
Fue, fue la sonrisa que me imaginé en su rostro, la sonrisa que mis anhelos pintaron en su cara solo para mí, la que me llevó a superar el miedo que me da tu cara de mala ostia y acercar posiciones.
Pero no, sus ojos insisten en evitar el contacto visual con mis ilusas espectativas.
Y tu estar sin estar, tu forma de compartir el aire que respiras con ella, me ha llevado a entender que tu eres la que corta el bacalao en tu grupo, tu eres la que espanta a los moscones y la que decide quien si y quien no se acerca a tu grupo.
Nena, solo necesité oler tu pelo una sola vez para darme cuenta de que, en efecto, me ibas a doler.
Tuve que recurrir al tiempo, ese tramposo que engaña a los sentidos, para poder soportar los dos o tres segundos necesarios para darte los dos besos de rigor que se utilizan para romper el hielo.
O al menos para arañar su primera capa.
Ese taimado que en ocasiones se hace aliado que disfraza de normalidad sos cruces de miradas y los roces accidentales.
Equivoqué las cosas, malinterpreté las señales y de pronto me sentí fuerte.
Inventé un tono cromático que nos envolvía a ambos, a ti y a mí entre volutas balsámicas de humo blanco.
Pude llegar a sentir que nos unían una serie de circunstancias, que los hados nos aproximaban.
Nena, solo necesite tenerte delante mío para entender que me ibas a doler.
Solo necesité sentir tus cinco dedos en mi cara para saber que tu amiga y yo pasaríamos por encima de tu cadáver para conocernos.
Solo necesité esquivar la puntera de tu zapato disparada hacia mis pelotas para irme no sin antes acordarme de la madre que te parió.

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