DE VERDAD PODEMOS


Qué felices éramos en aquellos tiempos.
Aquel entrañable ministro Morán se hizo con nuestros corazones y los de sus coetáneos camaradas a base de recibir un sopapo tras otro de aquella gran Europa a la que tanto deseábamos unir nuestros destinos y que con tanto desparpajo nos rechazaba.
Hasta chistes sacamos de él; los mismos que hoy contamos de leperos, antaño empezaban con un “Este era Morán que…”
Y resulta que aun hoy, tras todos estos años, siguen sin querernos.
También hay que reconocer que parte de razón tenían, de algún modo ellos sabían que nosotros no corríamos hacia Europa en un vertiginoso abrazo a nuestros hermanos del norte; no era nuestro amor a lo que nos esperaba allende los Pirineos lo que nos empujaba; sino el canguelo que nos daba mirar atrás, a aquel pasado tan cercano entonces.
Y luego estaba África, aquel continente del que nos echaron a patadas y al que aprendimos a odiar a base de despecho y rencor castizo.
Y lo penoso del asunto es que digan lo que digan y nos guste o no; los españoles tenemos muchas más cosas en común con los hermanos del sur que con los primos lejanos del norte.
Y allí estábamos nosotros riéndole las gracias a aquel Pedro Ruíz que se montó en su autocar con un par de botellas de vino y otras tantas de aceite de oliva y se lanzó por tierras europeas a felicitar a aquellos tipos raros por la suerte de contar con los españolitos en Europa.
Todo ilusión, al menos en aquellos tiempos pasaban cosas, había cambios y nuestras vidas apuntaban a un futuro luminoso.

Lo que no quisimos ver es que aquel emocionante sueño de una Nación Europea traía una bomba camuflada, una bomba que haría saltar todo el proyecto por los aires si no lo hacían los reaccionarios recalcitrantes antes.
Y aquí estamos hoy, al final de la primera etapa y sin echarle ese par de arrestos necesarios para quemar nuestras naves.
La máquina europea está atascada, los estados que deberían hinchar sus pechos bajo la bandera de fondo azul y estrellas dicen que tururú, que eso de ceder la soberanía no se lo cree ni la corsetera de la Merkel.
Aquí tenemos lo que tenemos agarrado al trono o a la poltrona como cepos a la pata de un cochino y a ver quien es el guapo que le dice a la borbónica circunstancia que se vayan a tomar por los urdangarines, a la pepera rajoynada que aquí ya no hay plan y a los socioslistos que ya no queda pan para tanto chorizo.
Máxime cuando la porra de Damocles y la patada en el hígado penden de un hilo sobre las cabezas pensantes de este concepto integrador.
Lo malo es que esta situación nos ha dejado con el culo al aire, vulnerables a los ataques yanquis, chinos y árabes que se están quedando con España y con Europa a precio de saldo.
Cuando la realidad, por muy mal que nos caigan Merkel y Sarkozy, es que se han dejado una enorme pasta para construir esta promesa que tanto pareció gustarnos a todos al principio y de la que ahora nos queremos bajar en marcha.
La lógica invita sino a compartir, al menos a comprender el monumental globo francoteutón.
Y lo peor es que nuestra salvación pasa por correr a tiros a todos estos chorizos, familiares cercanos incluidos, porque al final nos van a hacer perder esta oportunidad que por vez primera en la historia de la humanidad se le presenta a la humanidad.
Crear una civilización a imagen y semejanza del hombre, la sola idea de pensarlo es tan hermosa que me duelen las pestañas de tanto apretar los párpados.
Por vez primera y contra todos los medios desplegados para callarnos, el pueblo, los pueblos de Europa por fin tenemos en nuestras manos poder suficiente para construir a partir de toda esta ruina, una Europa de seres humanos capaces de triunfar allí donde dios y sus secuaces la cagaron bien cagada.
De verdad podemos.

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