HACIA UN NUEVO MUNDO


El equipo del observatorio Kepler va dando gigantescos pasitos cortos.
Es como el jugador que está machacando a su contrincante y que al final pierde porque no se puede creer que esté ganando.
La verdad es que tienen un papelón difícil de defender, un campo de estudio en el que los asustadizos aun marcan la pauta y en el que por esto no caben las hipótesis.
No caben tibiezas porque aplicar aquella máxima que reza “el ojo ve lo que el cerebro quiere ver” es mucho más rápido y aséptico que plantarse delante del mundo científico y escupirles en la cara el descubrimiento de más de mil nuevos planetas.
Tanto tiempo como sus eminencias estuvieron convenciéndonos de que éramos únicos con Dios en el firmamento que ahora sorprenderles con nuestra maravillosa simpleza, con nuestra grandiosa y efímera naturaleza cada día menos rara por existir en un universo en el que los planetas como el nuestro son de lo más ramplones y habituales en el universo.
Que no hay nada demostrable que nos categorice como únicos, que defina nuestro planeta como una bicoca única e irrepetible.
Al contrario, este equipo “reduce” su campo de visión a las constelaciones Cygnus y Lyra y los resultados arrojados han sido abrumadores.
De todos esos planetas hallados, resulta que al menos diez son similares a nuestra Tierra en tamaño y, al igual que ésta, orbitan en la zona habitable de una estrella anfitriona similar a nuestro sol.
Esto quiere decir que transitan en una franja orbital en la que la temperatura del planeta puede ser similar a la nuestra y por lo tanto presentar agua en estado líquido en su superficie.
Mucho me extraña el silencio de los negadores recalcitrantes; la parsimonia con que se están tomando una serie de descubrimientos que solamente hace unos pocos años rechazaban a gritos y planatando crucifijos en la cara de los blasfemos.
Pero ahora esto ya no pasa, ahora se puede hablar sin cortapisas de la posibilidad real de que exista vida en Marte y a la vez de la aparición de planetas cada vez más cercano a gemelo perfecto del nuestro sin que a nadie se le rebienten las fístulas.
Lo que yo no termino de entender, y estoy seguro de que es debido a mi corta formación, es el modo que tienen para decidir que lo que tienen delante de las narices es todo un planeta y no una caca de mosca en la lente, cuando la verdad es que no saben si lo que están viendo es líquido, sólido o gaseoso.
Llamadme loco, pero para confirmar algo así, digo yo que algún que otro datillo de nada les falta.
Saben su tamaño por una serie de indicios que estudian y que deben ser relativamente certeros pues se atreven a arrojar datos concretos.
Como que el planeta en cuestión, bautizado con el sorpresivo y original nombre de Kepler-22b, que tiene aproximadamente 2,4 veces el radio de la Tierra y que su órbita dura unos doscientos noventa días y gira alrededor de una estrella similar al Sol.
Ahora solo me queda barajar mis propios indicios para dilucidar lo que para un tipo que maneja magnitudes astronómicas significa la palabra “aproximadamente”.
Y la cosa no queda ahí, porque la zona estelar en cuestión ha desvelado la presencia de cincuenta y cuatro planetas “viables” de los que este es el primero que ha podido ser “verificado”.
El ritmo de descubrimientos es tal que deben pasar ya de los dosmil planetas identificados por Kepler, por esto ahora, se aplica una definición más estricta de lo que puede o no constituir una zona habitable y también ser más severos a la hora de dilucidar si sus objetos de estudio son potencialmente habitables.
Me maravilla vivir estos tiempos, creo que estamos a las puertas de una nueva era.
Un tiempo en el que nuevas políticas y nuevas formas de entender la sociedad, la civilización y la vida tomen el relevo de la humanidad para conducirla hacia nuevas metas.
Un tiempo en el que quizá, por fin, conozcamos al primer ser de otro mundo.
Nuestros ojos están abiertos y en estos tiempos, de verdad, necesitamos el aliciente de poder creer en un mundo lejano en el que no hay personas muriendo de hambre ni asesinando a sus hermanos por el control de una mina.
Y de verdad creo que ambas cosas van ligadas, la posibilidad de cambiar como especie y la posibilidad de cambiar el modo de ser civilizados.
La naturaleza es muy sabia, ya ha aprendido lo que somos capaces de hacer si ella no pone de su parte y nos obliga a abandonar ciertos equipajes sospechosos.
¿Qué llevaría a ese nuevo mundo la humanidad?
No seáis negativos, tenemos muchas cosas buenas.

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