LA INMA


Corría un ocho de diciembre hace unos ciento cincuenta y cinco años de nada.
El bueno del sr. Pío se devanaba los sesos inmerso en la extraña filosofía divina de lo bueno y lo malo.
Incapaz de darse una respuesta satisfactoria a sí mismo, incapaz de armar un argumento solido capaz de enfrentarse al despropósito, decide que la mejor forma de salir de dudas es preguntar a la fuente de la discordia.
Llamó a Dios.
Y contra todo pronóstico Él que nunca se rebajó a cambiar literal palabra con insecto carnal alguno acudió solícito a aclarar las dudas del fiel.
Hay que decir que el bueno de Pío le echó un buen par de huevos, es históricamente conocido que el resultado de encuentros entre Dios y un hombre dubitativo en su fe, a menudo termina con la aniquilación absoluta de toda la especie humana.
Afortunadamente no fue el caso, la prueba de ello es que seguimos aquí.
No se sabe a ciencia cierta lo que le diría el espíritu santo al buen Pío, pero el tipo salió de la cumbre humano-divina hecho un brazo de mar católico, apostólico y romano.
El ciclón iluminado declaró, afirmó y definió que la verdad le había sido revelada por Dios y que por lo tanto debía ser creída sin un atisbo de duda por todos los fieles.
Creó un nuevo dogma dentro del megadogma, una ley que establecía que la santísima madre del mesías, o sea, la mismísima Virgen María, era impoluta de culpa alguna en el primer instante de su concepción.
Y esto no lo decía cualquiera, ojo, esto venía determinado por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, la misma gracia con la que Josito tuvo que zamparse lo del querubín, el anuncio y todo lo demás.
Cabe recordar que en aquellos momentos los bombos sin platillos conyugales, lo que hoy viene a llamarse “darle una alegría al cuerpo”, en el caso de la mujer terminaba debajo de un pedregal, en el caso del hombre una reprimenda y listo.
Pero claro, viene el buen Dios del cielo, te clava que aunque la buena señora presentaba un bombo de padre y muy señor mío, él no la había tocado ni uno solo de sus inmaculados pelos.
Y que la cosa fue así aséptico-milagrosa en atención a los méritos que habrían de adornar a ese embrión turbo que habría de convertirse en Jesucristo, a la postre, salvador del género humano; y a uno se le aflojan las carnes viendo aparecer en la memoria el diluvio, las plagas, las estatuas de sal, Sodoma y ese otro pueblo vasco cuyo nombre no recuerdo y no le quedan ganas de decir ni Pío.
Así que el aviso para navegantes incrédulos quedó explícito, aquí, a la hora de amenazar, los caminos del señor dejan de ser inexcrutables; de pronto se hacen diáfanos como el rocío mañanero.
Asertó que si algún valiente, que siempre hay algún listo, presumiere en contra de lo definido, que Dios no lo permita, se tenga por sentenciado y condenado.
Y que si se les ocurría manifestar de cualquier manera estas reservas, quedan sujetos a las penas establecidas por el derecho.
Cabe explicar que el derecho en los añorados ayeres eclesiásticos, en aquella gloriosa edad media que mantiene anclados en el pasado los corazones clericales, quedaba reducido a:
Derecho a la hoguera.
Derecho a la mazmorra.
Derecho al tormento.
Y una serie de derechos más que hicieron de la población de aquellos tiempos los más rectos de la historia de la humanidad.
Y si se torcían les entablillaban la espalda en un poste y le daban calorcito en los pies para que se le soltasen las contracturas; sufrían un poco al principio, pero luego nada, tan a gusto; como para no añorar aquel entonces.
Tiempos en los que podían santificar y apiolar por doquier, tiempos en los que lera algo incontestable que todos éramos impuros pues todos nacemos con un “pecado original” causado por una mala mujer.
Todos menos el hijo del gran jefazo, claro está, seguramente una de las pocas buenas mujeres de la historia, no podía ser una pecadora.
Fue por eso que el buen Pío en aquel ocho de diciembre de mil ochocientos cincuenta y cuatro llamó a Dios a su domicilio particular y le preguntó sobre el tema.
Y esta es básicamente la historia de la celebración que nos traemos entre manos en el día de la “Inmaculada Concepción”.
Y como ha pasado un siglo y los temores a la represalia divina han quedado sepultados bajo toneladas de sentido común.
Y como soy más de escuchar a Punset que al muñeco diabólico, he de decir que aquí uno, con tal de tener fiesta, como si se celebra el día en que el dios ornitorrinco venció al koala infernal y encontró las gafas mágicas de leer revistas guarras.
Porque seamos serios.
Lo que se trata es de levantar la copa y brindar porque un día como hoy hace una pila de años, un palomo dejó preñada a la parienta de un carpintero, que era virgen después de no sé cuántos años de matrimonio.
Esto es mucho exigir a mi credulidad ya de entrada, lo siento; y la cosa sigue, atentos.
Porque no se si soy el único que se ha dado cuenta de que segun esto, Cristo fué concebido un dia ocho y nació el veinticuatro pero ¡del mismo mes!
¿Estamos locos?
¿De verdad alguien se piensa que puede exigirme que me zampe esa píldora?
¿Que una señora casada y virgen preñada de un palomo y tras una gestación como la de los hamsters trajo al mundo al hijo de Dios?
Hay una cosa en la que sí creo, y es que este mundo se pudre porque los listos malos consiguen engañar con sandeces como ésta a los tontos buenos.

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2 comentarios sobre “LA INMA

  1. Genial lo tuyo. Que son asuntos que me he venido planteando desde que tengo uso de razón, creo que a los 4 o 5 años de vida ya estaba yo para ser excomulgada o para la hoguera pero un buen curita párrogo prefirió absolverme de todo pecado en nombre de que no sabia yo de que cosas estaba hablando.Lo que más me llama la atención, aunque no le dedico mucho tiempo al tema es que todavía existan tontos buenos comiendose esta huevada….y aquí lo dejo, que no da para más. Amén.

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