MI CANTÁBRICO


Pocos espectáculos hay más hermosos para un hombre de estas tierras Bizkainas que este mar cambiando impresiones embravecido con la costa que lo contiene.
Rabiando y discutiendo con la playa que lo limita y que pone en entredicho la supremacía de su poder sobre todas las cosas a su alcance.
Pocas cosas hipnotizan más a las gentes del norte que este mar Cantábrico nuestro cuando se levanta con malas pulgas.
Pendenciero como pocos no necesita grandes argumentos para empezar una pelea, encuentra razones en la cizaña de su primo lejano , el cielo, que lo irrita con la llovizna, para arremeter contra su hermana mayor la tierra.
Son precisamente estos días de cambio, en los que el invierno lucha con los cueros resecos del verano, los que más afectan el estado de ánimo de nuestro mar.
Nosotros que somos un poco como él, nosotros que hemos crecido bajo el influjo de sus caprichos, entendemos su carácter bronco, lo poco razonable de sus respuestas, sus puñetazos en la mesa y sus frías mañanas de brumas e incertidumbres.
No pide nada, tampoco hace falta que le supliques demasiado; solo exige respeto, el respeto que se ha de tener a una bestia cambiante que te puede sumir en el olvido pasando de una sonrisa amable al abrazo traicionero.
Pero también sabemos que es noble y que en estos días en los que su espíritu se agita, se hace agrio y áspero.
Invita a la media vuelta.
¡vete, déjame en paz humano arrogante!_.
No tiene el cuerpo para visitas inesperadas, ni siquiera para sus hijos, ni siquiera para mí que siempre he sabido clavar la rodilla en tierra en cada ocasión en que su furia me lo ha exigido.
Pronto se le pasará y las brumas volverán a amanecer en nuestra costa a forjar nuestro espíritu y ha transformar nuestro modo de ver el mundo.
Es el modo de entender la vida de los hombres del Cantábrico, es el mundo de la fuerza.
Comida fuerte para estar a la altura de las exigencias de un clima que tiene querencia por divertirse poniendo a prueba nuestro sentido del humor.
Trabajo fuerte para arrancar de este suelo privilegiado los frutos que hará de nuestros retoños dignos herederos de este mar y de estas montañas.

Carácter fuerte para resistir día a día la mirada frente a frente, la mirada impasible de este mar que se enorgullece de sus gentes de palabras frugales y de actos invulnerables al tiempo.
Somos especiales, por supuesto que lo somos.
No mejores ni peores, no más grandes ni más pequeños; simplemente diferentes.
Seres humanos moldeados por esta tierra a la que tanto amamos, por ese mar frío y traicionero .
Nuestra mirada es verde como las montañas que nos pierden en mil rincones mágicos; que nos subyugan y conducen hacia esos lugares de íntimidad en los que gustamos de compartir mil historias ancestrales.
Nuestra alma es azul, verde y blanca como el mar en constante batalla con la roca.
Y nuestro gesto es gris testigo del arte de los elementos que de esta tierra dulce que moldea a golpe de cincel y mazo los brazos y las manos capaces de arrancar sus frutos a la ladera de la montaña.
No miramos por mirar, no dejamos que nuestros ojos se pierdan en horizontes vacíos.
El mar trae y lleva; regala y arrebata; es la fuente de la vida y es donde todos los hombres que de algún modo hemos amado el mar queremos diseminar nuestras cenizas.
¿Por qué idealizamos tal muerte? ¿qué se sentirá al ser convertido en polvo y rescoldo, al fundir nuestros elementos inanes con la madre naturaleza, con el océano?
Pensadlo, la romántica idea de fundirte con el mundo, de ser una diminuta gota de agua en el mar que lame estas costas, de ser una parte de este Cantábrico que arranca suspiros las noches en calma y risas cuando las olas rompen insolentes y saltan espigones y muelles.
Y es que esa es la esencia del mar travieso rompiendo contra la roca, una carcajada regalada; una alegría sincera porque las personas que se aman, que se recuerdan; de algún modo se reencuentran.
Un momento evocador de principios comunes para viejos amigos cuyas materias ayer fueron carne y hoy son agua de vida, dos hermanos del alma que se funden en un abrazo de felicidad infinita.
El mar es el alma de un pueblo, el alma de un hombre que le devuelve a la vida todo el amor recibido.

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