OTRA HISTORIA


Recuerdo aquellos tiempos en los que soñaba con poseer una gran casa de piedra.
Era un joven cargado de romanticismo, idealista y bien intencionado y mi sueño era ese.
Uno de aquellos caseríos centenarios en los que la vida se me antojaba un idilio constante entre el hombre, yo, y la naturaleza, esa cosa verde que rodea a las vacas.
Una naturaleza idealizada de quietos rincones verdes perlados de rocíos; espacios de niebla atemporales doblegados a mi orgulloso paso.
Un sueño hecho realidad que dejaría deslizar los días por su piel en forma de cálidas caricias de brisa.
Pude recrear cada rincón, colocar mentalmente cada una de aquellas lascas de roca virgen como hacía con mis pensamientos más prudentes; los mayores y más apremiantes debajo creando una base fuerte y los más pequeños y prescindibles encima protegiendo la casa de las inclemencias de los vientos.
Mis ensoñaciones iban incluso más allá de las simples cosas que pueden ser dispuestas por las manos de los hombres.
Podía incluso alinear cada árbol, cada hierba; distribuir la floración de las plantas por colores y por épocas de modo que una sola mirada por cualquier ventana despertaría la admiración y sana envidia de mis eventuales invitados.
Hoy los años me han enseñado alguna cosilla que aquella mirada romántica y mi maldita manía de hacerme películas mentales dejaron pasar por alto.
Una es que no existen las naturalezas bucólicas, lo normal es que la maleza te coma vivo a la mínima que te descuides.
Aprendí que no hay arboledas alfombradas de fresca y mullida hierba y si umbríos húmedos como la muerte que se te clavan en los bronquios y convierten tu voz en un estertor de muerte.
Y pude constatar que entre los resquicios de las piedras, mil generaciones de arañas, avispas, garrapatas, pulgas, hongos y demás espécimenes nos observan, esperan y nos pican, muerden y chupan al mismo tiempo que nos inoculan todo tipo de substancias químicas, infecciones, virus y fecales que se nos puedan ocurrir.
Luego, una vez que la amable madre naturaleza ha sido todo lo cabrona que ha podido con los cimientos del caserío de tus sueños y que este se te cae sobre tus cuernos a pedazos, viene cuando te niegas a ti mismo la posibilidad de aprender la lección.
Es cuando empeñas todos tus esfuerzos en alargar la agonía obcecado en lo hermosas que son esas madrugadas de niebla, en lo poco que se ve, en la facilidad con que metes la rueda de tu coche en un socavón y en los cuatrocientos euros que te sale la reparación de rueda, llanta y eje.
Un día, la casa, la mierda de naturaleza y sus muertos te vencen y decides no soñar más con chorradas, que lo que realmente quieres es un pisito cuco, fácil de mantener y a poder ser compartirlo con una persona estupenda como la que tengo al lado sufriendo a grititos los pormenores de una buena película.
La naturaleza nunca estará en tus manos, las casas grandes devoran a sus moradores y los transforman en fantasmas; pero mi pisito, mi sofá y mi Luzi…
Amigos, esa es otra historia que no pienso compartir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s