SANGRE EN LA NARIZ


Es dos de enero, y el mundo pasa a duras penas la resaca del año nuevo.
El champán, los buenos deseos y los besos pasan a un segundo plano y mientras que la alegría se disipa, algunos; no pocos, empiezan a salir del letargo de una celebración desmedida.
Hay pocas celebraciones tan banales como el año nuevo, fecha en la que el respetable público se congratula de que una cantidad determinada de modo arbitrario de días cierra su ciclo para dar paso a otro.
Dicho así suena idiota, pero claro, aquí es donde podemos dudar si lo que celebramos es haber sobrevivido o si lo que celebramos es una despedida por si no sobrevivimos al próximo.
Todo es posible.
Pero hoy en muchos hogares ha ocurrido algo diferente, algo que no venía en el guión navideño y que amenaza con destrozar todas las navidades venideras y las vidas comprendidas entre ellas.
Hoy el niño, ya no tan niño, se levanta con un reguero de sangre resbalando imperceptible desde su nariz.
Son apenas unas gotas, pero los rostros de sus familiares que lo miran de frente no dejan lugar a dudas; algo ocurre, el niño se da cuenta de que algo pasa.
Se dice a si mismo que tiene mal cuerpo, que se siente embotado y que nunca se había notado en semejante estado.
Para colmo esas gotas de sangre vienen a delatar una realidad que al chaval parece quedarle lo suficientemente lejos como para no darse cuenta de sus consecuencias y lo suficientemente próxima como para darse cuenta de que si alguien de su familia sospecha la causa, no encontrará palabras que le proporcionen el perdón.
Es la primera vez que se da cuenta de que toma cocaína, de que esas substancia se ha hecho un hueco en su vida social y que ha sustituido el rubor inocente por inconsciencia narcótica.
Hoy día dos de enero el niño se hace mayor y lo hace en las peores manos posibles.
Al principio hacía un “uso inteligente” de la cocaína, bebía alcohol de alta gradación como un bestia y cuando los efectos empezaban a amenazar el apoteosis festivo del fin de semana, esnifaba una generosa raya y esos efectos desaparecían de inmediato.
Era tal la inyección de ego, el bienestar logrado de forma inmediata, que ya no volvió a salir una sola noche sin droga.
Pero esta situación no se prolonga demasiado en el tiempo, pronto el efecto ya no es tan contundente como en los primeros tiempos, cuando su cuerpo aun no había desarrollado defensas contra la toxina.
Las dosis se aumentan y aparecen los primeros experimentos; el speed, la heroína, éxtasis, cristal; todo tipo de combinación capaz de hacerle recordar aquella sensación de victoria, aquel instante de invulnerable resistencia a la juerga.
No hay tiempo para pensar en el futuro, solo cabe el presente inmediato, el euro a la voz de ya, el gramo, la raya y la suerte echada a carta perdedora.
“Puedo dejarlo cuando quiera”, pero el coche se convierte en líquido y el líquido en polvo; las joyas de mamá, el monedero de papá y la paga del hermanito pequeño; todo se desvanece por el agujero negro de su nariz.
La razón vuelve un día cuando llega a casa y su llave ya no encaja con la cerradura; cuando sus gritos llenan la noche de desesperada traición; cuando mamá llama a la policía porque su hijo ha entrado en barrena y amenaza a su familia.
Prohibido acercarse a su familia, prohibido acercarse a su casa, prohibido permanecer a menos de medio kilómetro de mama.
Ha llegado la hora de recapacitar, el mal está hecho, solo cabe la esperanza de que el tiempo sea lo suficientemente benévolo como para perdonar sus pecados.

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