NUNCA ME SENTÍ MÁS JOVEN


Cómo pasan los años, que traidor es el tiempo que corre a hurtadillas a nuestras espaldas.
Tiempo que pasa, que roba, que convierte los pequeños vicios de la madurez en cárceles dónde el hambre es mucha y la satisfacción poca.
Me sorprendía no hace mucho mi boca desmadrada, pues no se le ocurrió soltar mayor falacia que asegurar que nunca me he sentido tan joven.
Cuando terminé de digerir los ecos de tal sinrazón, el silencio acongojaba y mis contertulios dieron la conversación por terminada.
Fueron necesarios varios golpes de patxarán para recuperar el ánimo.
Maldita sea la hora en la que la edad hace acto de presencia, maldito sea el pulso que se ablanda y maldita sea la copa demasiado llena.
Las manos ya no son firmes, quizá sea una adaptación a la nueva circunstancia; un ingenioso mecanismo de defensa que contrarresta la juvenil avidez alcohólica que, golosa, llena demasiado una copa con el inoportuno temblor que derramará la mitad de su contenido durante el trayecto de la bandeja a nuestros labios, antes de que el maligno fluido invada nuestro organismo.
Nunca me he sentido tan joven dije, inconsciente de mí, y mi tarta de cumpleaños parece un movimiento migratorio de luciérnagas macho que se ciernen sobre mí en su tránsito de la cocina a la mesa.
Efecto malévolo acentuado por la cándida intención infantil de un sobrino al que le parece que tanta luminaria bailarina quedará más bonita si apaga las luces.
Malditos diablos bienintencionados, era la imagen de la parca cayendo sobre mi pescuezo con la guadaña en alto.
Tardé unos interminables segundos en recuperar el dominio de mis miembros, los cinco se quedaron sin riego sanguíneo del puro pavor.
Cuando pude empezar a notar sensibilidad en alguno de ellos me encontré con una tarta que parecía el coloso en llamas y una masa enfervorecida gritando “sopla, sopla, sopla”.
Uno, en plena madurez empieza a entender lo cruel que es la naturaleza humana, uno siente que todavía es joven, pero es imposible no darse cuenta de que la cosa se lleva con mucho más esfuerzo.
Cuesta llenar los pulmones, cuesta retener la respiración hasta que a la chiquillería le parezca bien y cuesta no quedar como un pringado cuando soplas con toda tu alma y solo se apagan tres jodidas velas de la constelación que hay clavada en la tarta.
Es a partir de ese momento cuando toda la conversación, como por arte de magia, se centra en la edad, en los años, en los viejos tiempos, etcétera.
Es a partir de ese momento cuando te das cuenta de que no estamos madurando, nos hemos saltado esa fase y directamente estamos envejeciendo.
La batería de eufemismos defensivos es interminable, pero mi maldito sarcasmo congénito es capaz de destripar la mejor de las intenciones y sacar de sus entrañas el odio concentrado que subyace en todas las frases hechas.
Dónde dicen que el vino viejo es el vino bueno; yo entiendo que por eso nadie lo quiere, porque es tan bueno que es caro y difícil de conservar.
Dónde dicen que la mejor madera para el calor de un hogar es la vieja; yo entiendo que deberían echar al fuego a su señora madre a ver si es cierto eso.
Donde dicen que los mejores amigos para confiar son los viejos amigos; yo entiendo que cada día son menos y están a mil kilómetros de mí; que los viejos amigos están demasiado lejos o demasiado muertos como para ser a estas alturas nada mío.
Yo imaginaba el acto de envejecer como una salida al campo o a al monte; caminas, paras, caminas, paras; miras una flor, miras una seta, saltas un vallado y así discurre la primera parte del trayecto consumiéndote las fuerzas sin que te des cuenta.
Ciertamente te vas sintiendo más libre y los horizontes se expanden ante ti, llega un momento en el que la inmensidad de la vida se te acerca hasta el punto de darte la oportunidad de tomar un trozo para ti.
Tomas un nuevo impulso y robas un trago de vida a tus fuerzas, saltas y agarras una parte grande, un buen bocado; lo malo es que no siempre estamos preparados para digerirlo todo, podemos pasar media vida mascando un pedazo de mierda sin llegar a percibir su sabor, y cuando por fin ocurre nos alegramos de no haberla pisado.
La cosa es que sin enterarnos de la misa la mitad, hemos sobrepasado el punto de no retorno y las fuerzas son tan justas que ya solo nos sirven para seguir la inercia.
Eso es la vida a partir de los cuarenta, pura inercia.
Y como los que tenemos tacto aprendemos que envejeceremos más rápido si pensamos que envejecemos, lo que hacemos es llegar a un acuerdo con el silencio, gestionamos nuestra soledad con una eficiencia pasmosa.
Ya lo repetía aquel señor “si pudiese volver a empezar con lo que se ahora”, no pudo volver a empezar, aquel tipo la palmó y está cubierto y bien cubierto de varias capas de piedra, tierra, césped y mierda de perro; ahí es nada.
Así que lo único que nos queda de aquel joven que fuimos es la rebeldía, el impulso de de soltar una imprecación cuando alguien insinúa que somos demasiado mayores para hacer algo, al tiempo que lo acometemos con un par, como kamikazes.
De las consecuencias ya hablaremos, si las hay.
Temer a la vejez porque sí no tiene sentido, pero tampoco lo tiene no querer ver que la edad nunca viene sola.

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