GALANAZO


Cómo se ríen las malditas por lo bajini; cuanta mofa para sus adentros, cuando nos ponemos en plan galanazo de culebrón intentando convencerlas de que lo primero que nos enamoró de ellas fue su personalidad; la natural simpatía que manaba de sus sonrisas y la innata elegancia de sus manos.
Nada que ver con la arritmia ventricular que sentimos cuando esos escotes hacen acto de presencia en el local y de pronto todo desaparece ante nuestros ojos enrojecidos; entrada triunfal que deja en silencio el planeta con miedo de articular palabra por si desaparece.
¿Cómo pudimos decirles alguna vez que eran como mariposas revoloteando, cómo se nos pudo ocurrir?
Sabemos que se ríen porque nos cazan mirándolas una, dos, tres; y cuando llega ya el sofoco por cuarta vez consecutiva; se ríen porque esa última vez que nos pillaron, las mirábamos el trasero y no nos dimos ni cuenta de que nos habían cazado de plano.
Nos regalaron sus popas unos instantes hasta el límite del delito y acto seguido, en dos contoneos, caemos inconscientes con la mandíbula desencajada.
Este es uno de esos momentos en los que te arrepientes dramáticamente de esa última copa que te has tomado, ese último trago que te ha sobrado.
Y van ellas las muy ladinas y se pintan el ojito pa robarnos la razón; con la mala intención de volvernos locos, y nosotros que somos así, unos perfectos caballeros, loquitos nos volvemos.
Locos nos volvemos, las miramos y nos volvemos, nos volvemos; sea como sea con la razón que sea, nosotros nos volvemos.
Saben hacernos esperar, el minuto justo ni menos ni más; pasar de largo y también saben llegar dejando nuestra mano siempre, siempre, siempre para el comprometido beso final.
Romper el hielo, la frase secreta, el infalible hechizo no acude en nuestro socorro; no hay una sola palabra en el mundo capaz de significar las doce cosas que se nos ocurren simultáneamente con la debida claridad.
No tienen corazón y pintan sus labios para detener nuestro corazón y nosotros, que no tenemos voluntad, vamos y lo detenemos.
Tan ladinas son que pintan sus besitos del color del sufrimiento, no hay forma, no podemos; a morir nos condenamos, pero contentos.
Sueltan su pelo, lo entregan al viento ¿qué tendrá él que yo no tengo? ¿qué tendrá y yo no, el maldito cielo?
Suspiros, lamentos, pataletas y quejidos.
Y para nuestra desgracia nuestro organismo no tiene mejor idea que ridiculizarnos con un guiño.
Maldita sea, mil cosas podíamos haber hecho, saltar; correr; cantar o clavarnos de rodillas y llorar, pero no, todo lo que somos capaces de hacer es rebajarnos a un morrito martini y un ojo cerrar.
Ya estamos perdidos, ya se ha hecho con las principales funciones motoras de nuestro organismo; las mentales las perdimos al detectar su aproximación mil metros antes.
Así que si un día se te ocurre intentar convencerla de que no deseaste poseer su cuerpo nada más verla; dos cosas has de pensar:
La primera es que se nota que no es verdad y la segunda es que aunque lo sea, ella no lo creerá.
Se inteligente, se un hombre, somos básicos, simples y transparentes; ellas lo saben y lo aceptan; es lo que esperan de nosotros y andar con monsergas poéticas lo único que hará al final será ofenderla.
Dile lo guapa que está, dile que te mueres por bailar con ella; y no me refiero a hacerlo con música precisamente, o si, depende.
Mejor que decírselo, cuéntaselo, ríete de ti y ríete de los dos, haz que ría contigo; es jugar a caballo ganador.
Postdata: esto sirve en todo el mundo excepto en Euskadi.
Aquí te ven mirarlas el cucu y se acuerdan de tu santa madre a voces en medio del bar; así que te recomiendo muy mucho que con una vasca evites el contacto visual, no vayamos a hacernos daño.

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