COÑA MARINERA Y CASUALIDADES DE LA VIDA


El hundimiento de cualquier nave tripulada en el mar siempre se contempla como una tragedia de las peores consecuencias.
Un drama que no solo existe mientras ocurre, sino que deja terribles cicatrices en el alma de las personas para el resto de sus vidas.
El mar forja a los hombres, les da un estado de tensión especial en todos sus tendones, una crispación preocupada en las mejores bonanzas surja los ojos del marinero avezado.
No es pena ni dolor, no es amargura ni fatalidad; es que simplemente no se fían.
Cuesta entender, entonces, que existan tipos tan enajenados, tan borrachos de egolatría que se vean capaces de conducir una ciudad flotante como un transatlántico como si fuera una moto de agua.
Los ojos del marinero no mienten, su miedo no es cosa de timoratos y supercheros de aldea, los ojos del marinero dicen que el mar es una bestia hambrienta siempre atenta a la presa más desafortunada.
Y cuando hablamos de fortuna y de azar unidos al mar; hay un nombre que no conviene nunca, nunca, nunca pasar por alto.
No me refiero a capitanes nefastos, a piratas, fantasmas o monstruos; es todo lo contrario, es un don nadie que ha cometido la atrocidad de aparecer siempre donde no debe.
Se llama Hugh Williams y creedme, si a día de hoy se diese el caso poco probable de que alguien consiguiese meterme un un trozo de hierro flotante, de lo primero que trataría de asegurarme es de que ese nombre no figura en la lista de pasajeros, tripulación o servicio de la nave.
Se que tal nombre no le dirá nada a la inmensa mayoría de los lectores; se que quizá alguien, algún día, tenga que pasar el trago de estar en el mismo barco que sale en las noticias; se que entre los gritos, lo más posible es que escuche ese nombre mientras se hunde.
Bromas aparte, y a hechos históricos me remito, lo que digo parece ser cierto.
Resulta que allá por mediados de Diciembre del año mil seiscientos sesenta y cuatro un barco surcaba las aguas atravesando el estrecho de Menay, en la costa norte del país de Gales.
El buque en cuestión se fue a pique y el resultado fueron ochenta y dos pasajeros muertos, todo el pasaje salvo un hombre llamado, acertasteis, Hugh Williams. 
Da igual la cobardía de los capitanes o el valor de los demás oficiales; da igual que la poética y la retórica hagan un grosero cambio entre aquel “mujeres y niños primero” y el “codazo y tentetieso” al grito de “el de atrás paga”.
Lo único que transciende a día de hoy es que todo el pasaje falleció y que solo aquel tipo vivió para contarlo.
Algo más de un siglo más tarde, ciento veintiún años después, mismas aguas, misma situación.
Es también un mes de Diciembre, también son las mismas aguas, pero del año mil setecientos ochenta y cinco.
Otro barco se hunde y con el se lleva sesenta almas; un solo hombre sale vivo de la tragedia, su nombre es Hugh Williams.
En este punto es donde uno se pone a pensar en lo caprichosa que es la vida, en las irregularidades de la casualidad,.
Es posible que tu mente se pierda en lecturas más o menos afortunadas sobre personas idénticas en distintos lados del mundo, coincidencias nominales de personas distantes entre sí, e incluso es posible que terminemos viendo fantasmas.
Lo que uno jamás espera es que de romper con la casualidad, se pase a enfrentarse al mismísimo demonio guardián del espacio tiempo.
Me explico:
Ciento noventa y seis años después del primero y setenta y cinco después del segundo caso, corre el año mil ochocientos sesenta.
El Estrecho de Menay asiste al hundimiento de otro barco, veinticinco pasajeros pierden la vida y ¡sorpresa! uno solo sobrevive.
Un tipo con una suerte loca que se llama Hugh Williams.
Las lecturas son muy simples.
O ese nombre tiene algún tipo de resonancia divina que lo hace literalmente “milagroso” o este tipo es un gafe terrible.
No será el que suscribe, quien se acerque siquiera a un charco con los ecos ese nombre sonando cerca, como para subir a barcos con ese angelito, ni atado.
También puede ser que la familia de este tipo sean de esos que siempre le ponen al niño el nombre de papi y que por añadidura se de el caso de que son una familia de rancia tradición de asesinos psicópatas que fijan sus paranoias hacia los barcos que pasan por el estrecho de marras.
Los hay que opinan que se trata de un tipo del futuro capaz de viajar a través del tiempo.
Es para acordarse en su señora madre, viajar en el tiempo para darse el gusto de hundir un barco y largarse.
Claro que bien mirado tiene su lógica.
Un tipo con la tecnología del futuro le da matarile a todo el pasaje y hunde el barco con un buen tesoro; luego solo ha de volver a su tiempo y recoger lo sembrado.
Pasta rápida y fácil.
Lo que no tengo muy claro es el hedonismo narcisista del tipo que se deja “rescatar” todas las veces.
En fin, casualidades de la vida, y creedme, si a día de hoy se diese el caso poco probable de que alguien consiguiese meterme un un trozo de hierro flotante, de lo primero que trataría de asegurarme es de que ese nombre no figura en la lista de pasajeros, tripulación o servicio de la nave.
En fin, casualidades de la vida.

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