MARI DE ANBOTO


Un viajero perdió el norte y la noche se le cernió encima.
El cielo mascaba una tormenta y sus cada vez más fuertes fogonazos indicaban que la verdadera descarga estaba ya muy cerca.
Caminaba sin resuello, con el desasosiego de la noche en la nuca y con las luces danzarinas de la tormenta alargando las sombras.
Quiso la suerte que tras un recodo mirase a lo alto del monte y entre las rocallas viese la boca de una cueva.
Mal presagio, pero la lluvia empezó a descargar con ferocidad y el único refugio era aquella cueva.
Eran tiempos de religión y de superstición, la fe y la tradición luchaban por el corazón de los hombres y la situación estaba en tablas.
Por eso el viajero desafortunado tras encender un fuego y despojarse de sus ropas para ponerlas a secar al amor del mismo, fue a la entrada de la cueva y allí puso unas cruces y unas gotas de cera bendita, para evitar la siempre indeseable visita de las temidas brujas, de las peligrosas lamias, de los duendes y de los demonios; que con toda seguridad y en la soledad de una cueva encontrarían en él una víctima perfecta.
Dio por perdido el descanso, su miedo era grande y la tormenta era lo único que evitaba que saliese corriendo camino abajo, el aire corría por ella como si de un aliento helado se tratase.
Reparó en unas enormes sombras aladas que tomaban posiciones a la entrada de la cueva, frente a las cruces y la cera bendita.
Una bandada de buitres que se posaron con la intención de compartir cobijo con el hombre, pero al ver las cruces y la cera se asustaron mucho y rehusaron entrar más allá de lo imprescindible.
El viejero aterrorizado por las lúgubres presencias se armó con su callado y fue hacia las aves con la intención de expulsarlas de allí.
Estos levantaron el vuelo, pero antes de marchar le miraron y le dijeron que no temiese por esa noche, que ellos velarían sus sueños, pero que debía quitar las cruces porque molestaban a su Señora Mari.
Angustiado el viajero obedeció, nunca recordó un sueño tan reparador ni plácido como el de aquella noche de tormenta.
Al despertar una hermosa mujer peinaba su larga cabellera rubia a la puerta de la entrada.
El hombre se sintió estúpido al verla, ella tan hermosa, él tan insignificante.
Se dirigió a ella con gratitud.
_¿Eres la bruja que ha cuidado de mi esta noche?_.
Ella continuó peinando su cabello su voz bien timbrada llenó de calor la estancia.
_No hay que creer que existan las brujas, tampoco hay que decir que no las haya ¿soy una bruja, hombrecillo?_.
El viajero respondió con una luz diferente en su rostro, una reacción química entre el miedo, la admiración, la fe, el amor.
_No señora, ahora te reconozco, ahora se quien eres y te puedo decir que te he visto antes, eres la Dama de Anboto, Mari_.
Ella vestía una saya roja, al escuchar al hombre reconocerla por su nombre, el vestido se tornó en fuego, su rostro al girarse era la luna llena.
_Eras aquél árbol con forma de mujer, eras el viento, la nube.
Ella le cortó, sabía todas y cada una de las palabras que el hombre le iba a decir, sentirse reconocida halagaba su ánimo y predisponía su ánimo hacia el viajero.
Es viernes, es el día que dedico a cocer pan, ven, acercate, quiero servirte la comida.
El viajero se negaba a mirar hacia el interior de la cueva, si ella era la Mari en realidad, ese era uno de los delitos más graves que podía cometer.
Pero ante las generosas hogazas de pan y ante las viandas que ella le ofrecía, relajó su autocontrol y una sola mirada fué hacia aquella garganta oscura.
Dos niñas bailaban dentro, seguro eran dos niñas de los alrededores a las que la Mari había raptado para educarlas antes de devolverlas al mundo.
El viajero dejó caer el pan al suelo y ella quedó muy quieta sin dignarse a girar la cabeza para mirar al hombre a la cara.
_Has profanado mi casa hombrecillo, has puesto tu mirada en mis dominios y pagarás por ello_.
El viajero corrió montaña abajo, pero el mal estaba hecho, con su mirada el pastor había violado la morada de Mari y eso desencadenó una de las más furiosas tormentas que se han conocido en los contornos como castigo.
El viajero sabía que la Mari siempre responde cuando se la llama, que siempre ayuda al viajero, que condena el abandono y la falta de hospitalidad.
Pero olvidó que tratar con la Mari tiene sus normas. hay que seguir un protocolo sin excepción.
Al hablar con ella hay que tutearla, porque el tratamiento de “tú” es el más antiguo y limpio en la lengua vasca.
Se debe de salir de su caverna en la misma forma en que se entra, tenerla siempre delante, sin darle la espalda.
Mientras uno se halle en la morada de Mari, no debe de sentarse a no ser que ella misma te invite a hacerlo.
Siempre recordar que la Mari subsiste del sí y del no, de la mentira cicatera, de la avaricia.
Si un pastor tiene cien ovejas pero afirma que sólo tiene ochenta, esas veinte restantes que ha negado le serán arrebatadas.
Porque dar a la negación es faltar a la verdad.
Y si vas por el monte, por el campo, por lo senderos bajo las hayas no se te ocurra jamás lanzar piedras contra las cuevas, porque puede estar la Dama de Amboto descansando en ellas,y estoy absolutamente seguro de que no querréis molestarla,
Asi lo cuentan los antiguos vascos, Mari es su diosa y la conocen bien, no en vano para ellos, Mari es la personificación de la Tierra misma.

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