ASÍ ESTÁN LAS COSAS


Desde otros países, miran hacia España y les cuesta comprender que con más del doce por ciento de la población, unos cinco millones doscientos mil parados, lo más que hayamos conseguido hacer como reacción, es preocuparnos.
Pero vamos, tampoco para volverse loco, una preocupación de quita y pon, que tampoco es cuestión de ir mustios por la vida.
Lo sabemos, cinco millones y cuarto de parados son muchos parados, pero hay que pensar que cuando termine esta legislatura serán el doble y tampoco tendremos la más mínima intención de mover el trasero, lo que no entienden esos guiris es que es mucho mejor a que venga el vecino y solucione la papeleta.
Pero que mucho mejor, a dónde va a parar.
Además no nos pueden entender, porque ellos han vivido en esos estupendos estados comprometidos con sus pueblos y nosotros nos hemos tenido que conformar con lo que tenemos.
Es por eso que a los españoles eso de las “situaciones desfavorables” estando la casa de los padres a mano, como que no nos da ningún miedo.
Es más, estamos perfectamente preparados a mejorar nuestra condición de parásitos, para soportar sin problema alguno, la llegada de tiempos aun peores.
De hecho, la mayoría de los matrimonios que fracasan en este país están marcados por ese sentir de nostalgia que sentimos cuando recordamos aquellos días felices en los que no nos quitábamos el pijama en días.
Aquellos tiempos de alpargata y calcetines blancos en los que aun no habíamos descubierto el difícil manejo de la escoba y tantas cosas más que vinieron con nuestra entrada en el mundo laboral y la maldita emancipación consiguiente.
Siempre deseamos volver, siempre quisimos regresar al abrigo de nuestros cuartos de juventud.
Y de paso, siempre podemos arañar unos centimitos en alguna chapuza, apaños de fin de semana, lo que los entendidos llaman economía sumergida, para que parezca algo malísimo y que nosotros llamamos “Trapi” o “buscarse las lentejas”, que debéis reconocer que suena mucho mejor, más dulce y a la vez infinitamente más español.
¿Pasotismo? ¿indolencia?, ni mucho menos señores míos, esto es lo que se llama españolidad absoluta.
La forma que hemos tenido nosotros los íberos de hacer historia y es que pensemos.
¿Qué es España?
Hubo un tiempo en el que éramos una serie de tribus más o menos evolucionadas, desperdigadas por la península haciéndonos la puñeta los unos a los otros en la medida de nuestras posibilidades.
De pronto empiezan a llegar tribius del norte y nos dan guantazos hasta en el cielo de la boca, les paramos los mandobles con los dientes y cuando nos cansamos de que nos pongan la cara como un cromo, nos hacemos de su pueblo.
Como el que se apunta al Opus o se saca un bono del videoclub.
Hala, ya no somos íberos, ahora somos suevos, vándalos, esdrújulos y boniatos, y como ahora somos de un pueblo que arrea leches como panes, nos acordamos de aquel vecino que un día, hace mil siglos, nos hacía la puñeta.
Ponemos al servicio de la historia nuestra forma de hacer la guerra, la cizaña, y van los nórdicos invasores y se lían a leches con aquel membrillo que te pisó las lindes un día.
Lindes que ya no son tuyas, lindes de unas tierras de las que solo te queda entonces la mala leche que te han dado.
Y he aquí que cuando ya eres un nórdico de pro, llegan unos tipos con penachos de plumas y pelos por todas partes, romanos para más señas, y se lían a patadas en la boca con los nórdicos y contigo por añadidura y por idiota.
Otra vez te ves en la tesitura de pelear y defender tu tierra como buen nórdico o hacerte romano.
La bandera romana ondeó en el país hasta que llegaron unos tipos, también del norte, lo que tiene ser del sur es que los golpes siempre llegan del norte, que atienden al nombre de godos y dicen que si, que muy bonito, que se lo quedan.
Nos llenaron el terruño de crucifijos de tios colgando o decapitados, de mujeres ardiendo en hogueras y aun así, si, acertásteis, nos hicimos godos.
Que digo godos, godísimos, los mas godos del goderío, a godos no nos ganó nadie.
Y claro, era de esperar, los de más al sur que nosotros, viendo que la fama de nuestro valor nos precedía, se dieron una vuelta, cruzaron el estrecho y aquí todos a rezar al profeta a Alá y a sembrar de minaretes la piel de toro.
No hubo país más musulmán, arabesco ni sarraceno en todo el mundo mundial, se repitió la historia con los moros, otra vez con los godos de nuevo, y por fin, los políticos.
¡Qué listos son los tíos!
Saben que si nos untan bien untado el morro, somos capaces de ir nosotros mismos al INEM a decir que nos quiten el subsidio, que nos despidan gratis, que nos contraten abusivamente, que nos hagan “Mobing”, etcétera; asi de valientes somos.
Luego sí, mira, ideas fabulosas y utópicas para crear un mundo mejor, tenemos mil por hora.
Lo malo es que nos sentamos y esperamos a que los ímpetus se nos pasen, que esas cosas de cambiar el mundo se empiezan y luego no hay forma de parar.
Se está llegando al límite de lo sostenible, vale, de acuerdo, pero bueno; tampoco hay que empezar ya mismo a recibir porrazos por un quítame allá esas críticas airadas.
Así que señores míos, si de verdad alguien espera que esto cambie porque de pronto los políticos, empresarios y banqueros se den cuenta de que son mucho más felices compartirendo sus bienes entre los pobres, o sea entre nosotros.
Lo lleva crudo.
Pero si espera que esto se arregle por una valerosa acción popular, usted además de iluso, es ingénuo y raya la tontuna.
Así están las cosas.

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