MI RINCÓN EN EL MUNDO, FELIZ SAN VALENTÍN


Uno muchas veces se siente hastiado, arrastrado hacia la inapetencia por el cansancio de vivir que padecemos.
Desayuno precipitado, coche precipitado, vestuario precipitado, producción precipitada.
Cuando queremos darnos cuenta, estamos de nuevo sentados en el banco del vestuario pensando en qué demonios ha sido de nuestra vida durante todos las horas pasadas.
Cero, no ha ocurrido absolutamente nada catalogable como “humano”.
Has hablado como un animal, has trabajado como una bestia y has tenido las reacciones de una máquina.
Lo malo llega cuando las fibras se relajan y vuelven a la situación de reposo, es la hora del dolor.
Cuando estoy en ese instante de lumbalgia palpitante y espalda contractosensitiva, es cuando el fenómenos de evasión tiene lugar.
Me refugio en ensoñaciones en las que paseo por una playa estupenda con un sol de atardecer maravilloso.
Se ve que he tomado el sol, un sol benévolo, porque luzco realmente atractivo con un bronceado perfecto y con una sonrisa floja y blanquísima instalada en mi cara.
El sol no quema, el aire no reseca, la salitre del agua no pica y la piel es tensa como la de un adolescente.
Incluso en alguna ocasión, se puede dar el caso de que, a los soñadores profesionales como yo, algún que otro pétreo abdominal venga a sustituir a la circunvalación perímetro-umbilical.
Los delfines nadan con sus jugueteos, las olas mansas acarician los pies y el frescor arranca una sonrisa de tus labios.
Todo es perfecto, no estás en ningún lugar conocido, no hay ni un solo átomo de cotidianidad en el escenario.
Es la felicidad.
Luego llega el día en que ese viaje soñado está al alcance de la mano y no lo piensas, ¡qué demonios! solo se vive una vez.
Te tragas un día entero de viaje y cuando llegas y pones el pie en tierra te encuentras que la playa de tonos dorados es preciosa, sí.
Pero sopla un viento infernal y con la tonelada de crema que llevas untada, te conviertes inmediatamente en una croqueta.
Las olas no acarician precisamente los pies, al mar está pelín cabreado con el mundo y arrea cosa mala.
Además, esos combinados deliciosos de ver en el sueño, resulta que llevan cubitos de hielo hechos de tapadillo con agua corriente y un manojo de amebas devoran tus intestinos mientras tu te agarras a la taza del water para hacer más fuerza tratando de terminar de una maldita vez.
Te abrasas, te indigestas y cuando llevas la tercera resaca de cerveza, recuerdas tu casa, ese rinconcito especial del planeta, ese lugar que respira tu esencia en cada centímetro cuadrado.
Vale, mi tierra es gris, el mar que la baña tiene un carácter horrible prácticamente todos los días del año, los inviernos son crudos y el sol asoma solo a veces.
Pero hay días en los que los enardecerés llenan el cielo de trazos sonrosados, en los que la temperatura es suave y el cielo está despejado.
Entonces en esos días sueño con mi casa, con mi terraza y sueño que no me muevo de allí, que no busco refugios en quimeras engañosas.
Sueño que construyo el rincón perfecto, el lugar en el que me han de ocurrir todas las cosas buenas de verdad.
Sueño con mi terraza puesta de tiros largos, una pérgola de madera; adoro el olor de la madera alrededor de mi familia, un comedor sin paredes, delimitado por emparrados y cubierto con toldos.
Punto estratégico en la que hemos dispuesto inteligentemente alguno de esos muebles de mimbre; un sofá, una mesa y unas sillas.
Un salón exterior que se va a transformar en el centro neurálgico de mi familia desde el primer rayo de sol del año hasta las primeras heladas.
Lo diseño, se lo enseño a mi pareja, ella lo rechaza.
Lo rediseño, se lo enseño de nuevo, pero como soy un tipo listísimo le remito un par de besos para ver si se ablanda, nada; ella tiene el corazón de acero.
Lo vuelvo a rediseñar y entonces le envío todos los monigotes que encuentro; besos de todos los colores, flores redondas, altas, rectas y dobladas; no falla, sucumbe.
Ella que es más lista que yo, como de aquí a Lima; sabe que si quiere que deje da darle la paliza ha de darme la razón.
Ella lo hace, yo soy el hombre más feliz del mundo y a otra cosa.
Y ese es el paraíso señoras y señores, el del cariño, el de los sobreentendidos, el de la sonrisa condescendiente y el del pescozón cariñoso.
Así es mi rincón favorito, pero ojo, hay un ingrediente que no se dibujar con la debida exactitud, su sonrisa.
Eso no hay quien lo imite, quizá nuestra amiga Noa y solamente se le acerca algo.
Sin esa sonrisa, los mares huelen a pez muerto, la madera a árbol caído y los rincones son agujeros.
Amigos los sueños buscan un hogar feliz, sin aditivos, sin inventos; un segundo de cariño en una mirada o un simple gesto con las manos.
Lo demás es huir de nosotros mismos.
Feliz San Valentín.

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Un comentario sobre “MI RINCÓN EN EL MUNDO, FELIZ SAN VALENTÍN

  1. Muchas gracias por esta entrada, mi cielo y recuerda siempre que esta sonrisa es tuya, tu la descubriste, la alimentas día a día y es pensar en ti, lo que la dibuja en mi cara. Te quiero, feliz San Valentin.

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