A COSTA DEL MÁS DÉBIL


Ella se levanta temprano como cada día.
Tiene que abrir las persianas de su pequeño negocio familiar; una cafetería que a trancas y barrancas le esta dando lo necesario para ir tirando, para llenar la nevera, para el colegio de los niños, luz, agua, teléfono y esas cosas que nos hacen funcionar a diario.
No se lamenta, no nada en la abundancia, pero puede jactarse de que a base de trabajo y de tener la cabeza bien amueblada la situación la tiene bien encauzada.
Ese día quiere la fatalidad que a un par de mangantes les de por pensar que la zorra del bar ha de estar forrada y que es una presa fácil.
Lo que son las cosas, antes a estar forrado se le llamaba tener un cochazo, un pisazo y una pasta gansa para dilapidar.
Hoy estar forrado es no tener una hipoteca a punto de dejarte sin casa, un sueldo base limpio de polvo y paja y algún que otro pedido a Telepizza como fastuoso gasto adicional.
La cuestión es que ese “loco” tren de vida de nuestra protagonista llamó la atención de esos dos alacranes que entendieron que la sociedad les debe algo y que ella iba a empezar a abonar la cuenta.
Ni cortos ni perezosos en plena madrugada, palanqueta de acero y persiana arriba; patada en la puerta y adentro.
Las tragaperras ni tocar, saben que están vacías ya que hasta bien entrada la mañana no aparece el tipo que las carga.
La máquina de tabaco a penas tiene algo de calderilla para cambios.
Hay que ir al mogollón, a la caja registradora que es donde ha de estar todo el bacalao; con la misma palanqueta hacen saltar el cierre y aparece su tesoro; treinta euros en cambios para ellos solos, todo un botín.
Ella llega ante la puerta y se encuentra la escena, observa, mira, piensa, valora la situación.
Se pellizca los labios en gesto pensativo, vuelve a recapacitar, vuelve a sopesar la situación y acto seguido saca su teléfono.
Ha tardado en decidirse, pero al final parece que va a llamar a la policía local.
Cuando observé su comportamiento, no daba crédito, no dejaba de preguntarme por qué se lo pensaba tanto.
Pero, ay amigo, todo tiene una explicación lógica y dramáticamente pragmática.
Me cuenta mi amigo que vive en la vecina Castro Urdiales que allí ahora la policía local cobra doce euros por agente en caso de llamada.
Como lo leen, si les están atracando y alguien llama a la policía local para que haga su trabajo, estos le cobrarán doce euros por madero a alguien, no se si al llamador o al rescatado.
La cuestión puede sonar a chiste, pero me contaba mi amigo, que a la amiga de una amiga le entraron a robar en una pequeña cafetería que regenta.
La buena mujer llamó a la comisaría y tras perder más de veinte minutos respondiendo formularios, les dice.
“Me están robando en el bar, pero no tengo más que treinta euros en la caja, así que no se si pedirles que vengan y que me cobren o dejarles que se lo lleven”.
Y en eso precisamente estaba esta buena mujer.
Estaba haciendo cuentas de lo que le iba a salir mejor, llamar a la policía y que le roben ellos o dejar a los primeros ladrones que al menos se han molestado en hacerle un destrozo aparente, como mandan los cánones.
Que los policías ya ni para chorizos sirven, que al menos los que pululan en su local se han tomado la molestia de hacer el trabajo sucio.
A esto hemos llegado, a que un ciudadano que está siendo atracado en su negocio tenga que valorar si le viene a cuento llamar a la policía o dejarse atracar.
Esta es la democracia de los partidos demócratas, esta es la policía que vela por el ciudadano, en definitiva un abuso sostenido y mantenido a costa del más débil, siempre del más débil.

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