FUTURO PRÓXIMO


Solo me acompañaba la helada, la noche y ese aire que corta.
Observaba la fábrica oscura, inusualmente silenciosa y oscura, cuando me llamó la atención una idiotez dejada por un idiota en un banco de todos con un rotulador indeleble.
Testimonio perdurable quiso hacer el idiota de su idiotez.

Los niños ya no declaran su amor, ya no aman, se sumen en sueños químicos y se dedican a existir sin llevar la carga de pensar.
Añoro los tiempos en los que Josito amaba a Juanita, tiempos en los que a nadie le importaba una mierda dónde ponían el culo los futuros yonkis del pueblo.
Siempre eché la culpa del deterioro de la juventud al mundo que hemos creado, un mundo donde lo único interesante es un banco sin mensaje y una fábrica detenida.
El gigante agonizaba, con las últimas bocanadas negras, dejó de convertir la piedra en acero.
Tantos y tantos hombres perdidos en sus entrañas, tantas familias sacadas adelante a base de sudor y lumbago.
Hoy de aquella vorágine de partos múltiples bendita en hierro y bonanza, apenas quedan unas pocas silicosis y un montón de cadáveres, entre ellos el de la bestia.
Sobre las cenizas de los Altos Hornos nació la Acería Compacta; un sucedáneo de lo que fue y de lo que pudo ser, una última esperanza para insuflar un resto de ilusión en los obreros que no pudieron ser retirados dignamente del mercado.
Esa fue su perdición, querer ser buenos en un mundo de malos; ese fue su error mortal, sacar los pies del tiesto.
Si algo he aprendido en mis ya más de veinte años de vida laboral es que la ecuación entre patronal y proletariado es perfecta, siempre y cuando cada parte defienda sus valores.
Un equilibrio de fuerzas en el que cada parte con su antagonismo innato, hacen que el sistema sea perfecto.
El obrero tratará de dar lo mínimo durante el tiempo más corto y por ello buscará el salario máximo.
El patrón buscará la máxima intensidad durante el mayor tiempo posible y habrá de buscar dar el salario mínimo posible.
El sistema así florecerá, triunfará si cada término de la ecuación libra su propia batalla y permanece estrictamente en su parcela.
Pero algo ha fallado, el tiempo y un mundo agotado no han sido capaces de surtir de vida ni de suficiente hambre al nuevo monstruo.
En plena pubertad, el mundo ha dominado al monstruo, lo ha doblegado, ha apagado sus llamas y amenaza con no volverlo a despertar.
Es la historia, es la misma vida.
Y mientras nos lamentamos de nuestra suerte, entramos en modo pánico y corrompemos el sistema perfecto.
Los trabajadores se convierten en mercancía, el equilibrio de fuerzas se rompe por la cobardía de una clase patronal que no está a la altura de sus padres, que no tiene arrestos para soportar esa lucha constante que lleva a la perfección.
Los trabajadores ahora se preocupan de los beneficios de la empresa, del coche del jefe y del tren de vida de la señora del jefe.
Todos en el juego han perdido los papeles y la bestia coletea descontrolada en histéricas convulsiones que la llevan directa a la muerte.
Los patronos han llegado a pensar que la victoria en la batalla por la hegemonía era el fin, la meta a lograr.
No tuvieron trabajadores valientes delante que les explicasen que no era un fin, que la lucha era el camino y que en ningún momento la clave estaba en aniquilar al contrincante sino todo lo contrario.
Se trataba de hacerlo más fuerte, no más cobarde.
Más resistente, no inamovible.
Y sí, por supuesto que sí, más rico y feliz; todo lo rico y feliz que nuestros organismos pudieran hacerle, nos iba la gracia en ello.
¿Dónde quedó aquella inteligencia inexplicada que tan bien llevaron nuestros mayores?
En las tumbas, cada uno a su infierno se ha llevado el mayor de los legados, la experiencia, la humanidad y las razones íntimas que les llevaron a hacer las cosas que hicieron.
Por nuestra parte, hemos venido al mundo sin paciencia, vacíos y no hemos desperdiciado un segundo en escuchar consejos, tan ocupados como estábamos en digerir conceptos, técnicas, dogmas; no encontramos un impás para escuchar un triste consejo.
Por eso, esta noche también permanecerá cerrada la fábrica, por eso sus jefes hoy no ganarán nada con ella, por eso sus obreros no cobrarán nada de ella.
Porque los jefes lo quisieron todo, porque los obreros no defendieron nada, porque no supieron escuchar, porque no supieron luchar.
Ese es el resultado de la lucha sin cuartel, una fabrica cerrada y hambre para todos.
Tiempo al tiempo, es el futuro próximo.

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