ESCUCHA TUS PASOS


Vivir le lleva su tiempo, no es persona de etapas agotadoras, los horizontes lejanos para él son eso, lejanos y no estamos para eso.
Tampoco es amigo ni tiene querencia especial por ser esclavo de prisas ni de sobresaltos; esas cosas tienen la mala costumbre de desordenar todo y el trabajo de encauzarlas de nuevo siempre suele ser arduo y agobiante, tampoco estamos para eso.
El camino y la cancioncilla en sus labios es su medio perfecto, la cuadratura del círculo, y en él se desenvuelve como nadie.
La bohemia del músico desconocido, del alma que se revela dócil e indomable a la vez, del espíritu paciente que sabe dejar pasar compases mientras, atento, espera esa nota maestra que por arte de magia hará que todo encaje.
Cuando eso ocurre, lo malo adquiere un fin en la vida, hace que lo peor que te haya podido suceder sea un trámite y que el presente sea tan perfecto que quede encajado en el centro de un compás a medio tempo.
Un tic-tac acompasado y sostenido que habla sobre el origen de todas las cosas habidas y por haber.
Por eso el hombre tranquilo gusta de perderse en los detalles, por eso siempre lleva una canción en la boca.
Porque un día esa canción le habrá de recordar un camino, un origen y además le dará un nombre a su persona, su nombre.
Por eso el hombre tranquilo camina a trechos cortos, unos pocos pasitos y se detiene, otros pocos pasitos y se vuelve a detener.
Busca esa porción de segundo en la que le llega el eco de su último paso, ¡ya está!, sonríe y vuelve a empezar.
Alimenta así la ilusión de poder revivir el pasado, adopta el juego como su entrenamiento para viajar en el tiempo.
Mientras pueda mantenerse en esa dulce inconsciencia, da por sentado que tendrá una segunda oportunidad, una opción de volver atrás a su punto de inflexión.
Y una vez en ese momento tomarse la licencia de no ser idiota o de ser lo suficientemente listo como para, esta vez, tomar el otro camino.
Entre tramo y tramo se detiene afinando el oído, señalando con la cabeza hacia ninguna parte y entrecerrando el ojo derecho, trata de escuchar la soledad, de escuchar la música del alma, esa melodía que todos los desiertos puebla.
Él, que llega a captar esa armonía, se encuentra a si mismo, ¡o sorpresa!, se encuentra como la más grata de las compañías.
Solo ha necesitado detenerse y escuchar el último eco de su último paso y la magia se hizo.
La consciencia de uno mismo, recompone los ánimos más destartalados, hace de ellos un alivio y todo lo que llega por los sentidos se transforma en eso, en música.
Ese es el efecto de una canción en la memoria de los hombres, la revelación de que sin música esta vida sería un gran error inconcebible.
Sin esa canción que da sentido a todas las cosas, nuestra existencia no sería sino una sucesión de tragos amargos sin un jarrón fabricado de agua y de notas que los contenga.
¡Quédate sin palabras! alberga en tu interior ese sentimiento puro, tan elemental y sincero que no se hayan inventado aún las formas correctas de expresarlo.
Busca, desespérate y hazlo música, pues es el estado de lo innombrable, la forma natural de todos los sentimientos cuando duelen, cuando ríen, cuando vuelven a su estado puro.
Y esa canción que tienes siempre en la boca, que te sigue y te acompaña todos los días a lo largo de tu vida, ese runrún que te escapa de los labios a la mínima ocasión, es lo que queda de aquel joven que fuiste, rescoldo airado y travieso que viene a poner las cosas en su sitio, cantando tu nombre al aire.

Sshhhhhhh, escucha tus pasos.
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