TRES SEGUNDOS.


Y la vida sigue con sus bandazos, con sus abismos y sus esquinas, sin conceder tres segundos de aliento a estos desdichados mortales que nos quedamos a la primera de cambio patidifusos mirando a un lado y al otro sin lograr orientar nuestros pensamientos..
Cada día tengo más claro que los períodos de calma solo sirven en este devenir para que nos acordemos de su paso cuando la tormenta acecha en nuestros hogares, para que nos demos cuenta de lo que perdemos cuando abrimos, inconscientes, la caja de los truenos.
Después de una etapa cataclísmica en la vida, en la que habremos tenido que ver y oir de todo y de todos, como siempre, se te conceden esos tres segundos añorados y da comienzo otra fase en la que las nubes parecerán perder ese amenazante tonito negro para tornarse un poco más azuladas.
Y a poco más que nos vamos equilibrando, pasarán al blanco nuclear y de ahí a la desapartición total y absoluta.
Es en los tiempos de calma cuando contemporizamos y nos damos cuenta de las cosas.
Nos concienciamos de lo distintos que somos del mundo, e incluso de nosotros mismos cuando las situaciones se empeñan en llevarnos a los límites de nuestra resistencia emocional.
Somos completos desconocidos a nuestros propios ojos, autómatas de reacciones mecánicas o colegialas asustadas dependiendo de la situación.
Las personas que caminamos bajo cielos cubiertos tenemos todos cosas en común que nos emparentan a unos con otros, es la fuerza de la étnica y la empática.
Pero también, dentro de nuestra idiosincrasia húmeda y fría, esas cosas nos incompatibilizan en cierto modo y nos diferencian del resto de los mortales.
Tenemos ese mirar sin ver, esa ausencia de cuerpo presente que solo los cadáveres de hombros caídos podemos mantener sin pestañear.
Somos campeones de aguantar sin soltar una sola sonrisa, imbatibles a la hora de sostener una mirada y no encontrar simpática ninguna de sus carcajadas.
Jugamos con ventaja, para eso tenemos una estrategia, recordar que mañana también lloverá.
Seguramente que es por eso que no tenemos ganas de reir tonterías, no tenemos sentido del humor plano; lo nuestro es más ácido, más doloroso, con menos gracia pero con más ironía.
Sentimos desde la calma de una gota de lluvia, con su frío enfermando nuestro cuerpo y los acontecimientos endureciendo nuestro alma.
Pasamos por los años sin ruido, caminando de puntillas.
Todo ese esfuerzo detiene el carrusel en seco y con todo congelado tu te tornas en el más rápido, el más listo, el más fuerte.
En definitiva, nos encontramos rodeados de niños que empiezan donde nosotros terminamos, que caminan desbocados hacia la tormenta y queremos gritar, queremos darles un consejo, un aviso desde lo más profundo del alma.
Decirles que al mirarles hemos comprendido que nos ha faltado algo en la vida, algo que nos recordase quien eramos y que hacíamos, y que ya sabemos lo que era.
¿Cómo no nos dimos cuenta antes? si hubiésemos mirado durante tres segundos la imagen de un beso, de vuestro último beso, antes de llegar a casa, para empezar a degustar lo que nos espera al llegar, cada día, tu vida habría sido realmente hermosa.
Queremos decirles que tres segundos son un mundo cuando se usan bien, que detenerse ese tiempo a sentir lo mucho que se puede llegar a amar, a decirnos a nosotros mismos todo lo feliz que nos hacen esas personas, puede salvarnos la vida.
Y aquí nos encontramos de nuevo, más fuertes que nunca, más listos y con más voluntad de la que jamás atesoramos en nuestros arsenales.
Plantados en la vía y dispuestos a detener el tren con el pecho, encontrándonos juntos con la vida que sigue desafiando al hombre, lanzándose contra nuestros resabios, que no son pocos y tentando nuestra determinación.
Vamos a aceptar todos los desafíos y esta vez juntos vamos a ganar, esta vez nos llevamos el botín, el premio y yo personalmente pienso quedarme con la chica.

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