DESEOS


Deseamos cosas, situaciones, personas; podemos decir que todos y cada uno de nosotros es la prueba viviente de un deseo.
Nuestra vida es un deseo en el que sus variables son, o no, concedidas a aquellos que saben correr los riesgos que conlleva intentar dar un un sentido a sus vidas.
Con la edad aprendemos una picardía, aprendemos a burlar al mal fario fingiendo desdén hacia las cosas que más deseamos, es la técnica básica del regateo, el tira y afloja entre lo que se es y lo que se quiere ser.
Un gesto de desinterés hacia la persona que hace hervir nuestra sangre; una mirada fría para ocultar nuestra fiebre; a penas un leve parpadeo hacia el codiciado objeto de nuestro deseo.
Contemporizar, mantener la distancia es el primer síntoma de que los años empiezan a mejorar esos espacios interiores en los que te mueves.
De pronto te encuentras un día con que el genio de la lámpara se ter aparece y resulta que te encuentras en la tesitura de decidir tu futuro y entonces, de pronto, aquellas cosas que siempre pensaste pedirle han perdido vigencia.
Ahora ya no quieres que las cosas ocurran como tu quieres; ahora lo que te interesa es estar a la altura cuando las cosas ocurran como deben ocurrir; empiezas a ser feliz.
Y es que tantos años buscando cosas cuyo única utilidad es nuestro sufrimiento, propiciando la violación inmoral de nuestro alma prostituida, como tristes marionetas vagando guiadas por las cuerdas del deseo incontrolado que nos fuerza a abrazar el desasosiego, el ansia de lo prohibido; todo esto debía tener una razón de ser, hacernos felices enseñándonos a limitar nuestros deseos.
Es esta una carrera repleta de pérdidas, un reguero de juguetes rotos a lo largo de una cuneta árida por medio del desierto.
Un camino de dolor y vacío en el que cada deseo cumplido es despreciado y arrojado en pro del nuevo ansiado trofeo.
Es un camino paralelo al autoengaño, un camino en el que los sentidos perciben lo que se desea percibir, un devenir en el que la persona solo creerá en aquello que desea creer.
La desazón a veces acompaña a la lucidez y con esto, la ansiedad de perderse en los mundos interiores aumenta.
Gritaremos con desgarro clamando al cielo por esas cosas que la vida nos escatima, por esas cosas necesarias por las que nunca nos esforzaremos en alcanzar.
Esas son las cosas importantes, las que requieren un esfuerzo, las que requieren la completa claridad de nuestro sentido común; pero esto se encuentra de frente contra el mundo de deseos imposibles que nos hemos creado, con ese mundo en el que tan cómodos nos sentimos y del que nos resistimos a ser extraídos.
Es mejor para nuestro amor propio soñar con cosas maravillosas que lograrlas y pasar a desear otras, es mejor para nuestra salud mental no conseguir muchos de nuestros sueños pues pronto serían escasos ante el nuevo aluvión de anhelos.
Y ante tal desastre solo podemos optar por dos vías de escape, a cada cual más insoportable:
Decidir que desear es malo y convertir los anhelos en pecados o bien entregarse al consuelo carnal, al placer efímero y sangrante de la satisfacción inmediata.
Alimentarse de deseos irresolubles es pudrirse en vida, prohibirlos es desearlos aún más.

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