GLOBEROS


De acuerdo, admitiré que todos, absolutamente todos tenemos derecho a la vida.
Altos, canijos, gordos, escuchimizados, listos, idiotas, en incluso los ciclistas y yo.
Todos tenemos derecho a disfrutar de las cosas que nos gustan o a que se nos proporcione una posibilidad de hacerlo de un modo más o menos asequible.
Eso no lo discute nadie.
Lo malo, que tarde o temprano siempre llega, es cuando el argumento de la convivencia equitativa lo esgrime un capullo sin la más mínima intención de aplicarse el cuento, un tipo que espera un dictamen favorable para tomarse el brazo de la ley cuando solamente se le ofrecía un dedo, el dedo central de punta.
Es lo que se llama el “víctima profesional”, el llorón de oficio cuyo trabajo consiste en sentirse discriminado en todo momento, por todo y por todos.
De entre todos estos mentecatos sobresale lo que por estos lares llamamos “el globero de los cojones”.
Esos tipos con más moral que el Alcoyano y que madrugan lo impensable para echarse a la calle con sus bicicletas de tres mil eurazos a exigir indignados respeto a más de un millón de personas que observan de hito en hito el reloj correr y al anormal en bicicleta colapsando la carretera justo delante suyo, poniendo de paso en peligro su puntualidad, su oportunidad o su horario de partida en vete tu a saber que viaje.
Los globeros se pasaron años lloriqueando de administración en administración.
Modernidad pedían, espacios libres de circulación automotriz para poder disfrutar de la bicicleta y de la naturaleza.
Y viendo los gobiernos que aquello era chic y hacía precioso allende las fronteras, se lanzaron a trazar carriles bici de esos rojos por toda la orografía nacional a destajo.
Cuando se trazaron miles de ellos, he aquí que aquellos que se desgañitaron reclamando los malditos carriles habilitados para ellos y solo para ellos, las dichosas calzadas especialmente concebidas para que, pobrecitos ellos, luciesen la altísima gama de sus ligerísimas bicicletas; decidieron que iban a seguir utilizando las calzadas de las carreteras generales y al resto de parroquianos que les joroben por insolidarios.
En Euskadi tenemos carriles bici como para una boda y además un publico bastante sensible con el noble deporte del ciclismo.
Digamos que esta es una zona donde tradicionalmente se ha practicado dicho deporte, ya se sabe, a falta de otros “deportes” nos apañamos como podemos, hay que quemar energías.
Lo malo viene cuando el victimismo sobrepasa lo razonable, cuando algunos idiotas se piensan que el resto del planeta tenemos el ineludible deber de sufrir sus aficiones.
No hace mucho, en un documental un ciclista se quejaba amargamente de que se le cruzaban peatones en el carril bici obligándole a detener su contra reloj personal.
Hasta un vídeo fue grabando el hombre a lo largo de su periplo, inmortalizando a los peatones con los que se cruzaba, personas poco cívicas, todo hay que decirlo, por ocupar el carril bici, pero en cualquier caso seres humanos a los que en ningún momento solicitó permiso para ser grabados y a los que iba regañando según osaban cruzarse en su vertiginoso sprint.
Y yo ahora le preguntaría a esos ciclistas sufridos y olvidados de la justicia.
¿A que jode?
Es un drama que mueran ciclistas en las carreteras por culpa de energúmenos al volante, también es un drama que mueran ciclistas por culpa de sus propias prácticas irresponsables, que también es cierto.
También los hay que mueren por circular de modo indebido, por comprometer a los conductores, por idiotas.
Aquí es fácil pintar al conductor blindado de bestia, y se hace áspero llamar gilipollas al muerto, pero señores, haberlos haylos.
Porque hay que serlo y además tener mala intención para no querer asumir la más mínima molestia por practicar su afición y pretender que las asumamos el resto de ciudadanos.
Digo yo si sería descabellado pedir que utilicen un medio de transporte que no entorpezca al resto de los seres humanos del planeta hasta el inicio de pista o de carril bici y dejarse allí los hígados pedaleando si ese es su placer, antes de meterse en una carretera general en hora punta provocando situaciones de estrés, de crispación y de peligro.
Que sí, que tienen sus derechos, pero el resto del mundo también.

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