GENTRIFICACIÓN


El valor del casco viejo de cualquier ciudad está determinado por el amor que esa ciudad tenga por su propia historia.
El sentimiento de pertenecer a algo hermoso que el lugar sea capaz de inspirar en nosotros.
Los cascos viejos conservan en su anatomía, como los anillos del tronco de un árbol, la huella de los acontecimientos históricos de todo un pueblo.
Sus pasos, sus fiestas, sus fuegos, sus caídas y sus levantamientos.
Aquel que necesita de su pueblo para definir su persona, es precisamente a esos lugares a los que acude a reencontrar los caminos perdidos.

En los últimos tiempos, se habían convertido en los bastiones de la clase obrera, del aperturismo hacia la inmigración.
Hay barrios que han derivado en rupturas atávicas con odios ancestrales convirtiéndose en punto de inflexión hacia nuevos modos de entender las relaciones humanas.
Otros desgraciadamente, han sido cuna de delincuencia y marginalidad.

Pero era precisamente en las zonas viejas de la ciudad donde las clases bajas se apiñaban y convivían, entre ese substrato donde bulle la cultura, la de verdad, la que es parida por las gentes con alma, las gentes que odian y que aman la misma parte de su ciudad con idénticas energías, donde ocurren las cosas que levantan la pasión de ser de donde se es.
Los transformaron en ratoneras oscuras, pestilentes y peligrosas para, con los siglos, hacer de ellos el corazón cultural de la capital y centro neurálgico de la socialización, de la vida nocturna.
Todas las grandes ciudades han contado con un casco histórico que ha ejercido de foco de condensación humana.
En los centros históricos se han conocido amantes, rivales; se han desatado el sexo y la muerte, para escribir el carácter de sus gentes.
En definitiva, los grandes núcleos urbanos han nacido y crecido amontonados hacia adentro por no desear separarse demasiado de su corazón, por mantener a capa y espada ese vínculo con los fantasmas del pasado..
¿Y qué hacen de su alma las nuevas generaciones?
Género en venta, en los tiempos que corren, todo es género en venta.
Almas, ideologías, votos; todo se compra, todo se vende y lo que es peor, todo se olvida.
La cultura nocturna de las urbes también está sujeta a la estupidez del mercado, a la incívica prepotencia del nuevo rico que busca el encanto del bullicio vital para adornarse de ser el urbanita cospomopolita de las revistas; se disfrazan de bohemios, adoptan la pose del paseante accidental y acto seguido adornan la city de espacios vacíos e inundan los ayuntamientos de quejas.
La música de los bares, las risas, la vida; de pronto todo eso sobra en su nuevo concepto chic de barrio central y a eso dedican su tiempo.
Los cascos históricos hoy no son más que un remedo triste y sombrío de aquellas urbanizaciones de extrarradio en las que la panadería más cercana está a tres kilómetros, la escuela a cinco y el médico a diez.
Esto es prosperidad, dicen, esto es la evolución lógica de las zonas deprimidas.
Porque hasta en eso pierden, la vergüenza, en llamar deprimidas a zonas felices antes de su llegada, a barrios que estallaban de vida antes de su “comodismo recalcitrante”.
Con ellos ha llegado la “gentrificación” de los barrios, enfermedad que infecta el entramado atractivo de una ciudad y la asfixia hasta hacerla languidecer bajo el hormigón de las nuevas construcciones que devoran los locales de diversión y la vida de los núcleos tradicionales.
En su lugar brotan los pisos de lujo para personas con alto poder adquisitivo que quieren trasladarse a la ciudad en busca, paradójicamente, de esa vitalidad que están proscribiendo.
Personas grises que buscan consuelo amasando monedas y que solo encuentran consuelo y placebo para ser felices vistiendo de hastío al resto del mundo.
Son las personas de siempre, los amigos de amigos, los amigos de ediles, los parásitos de la vida ajena.
Es la gentrificación, la reconversión de zonas vitales de una capital en micro ciudades dormitorio donde el desierto impone su ley y el tratar de extraños a los vecinos la norma.
Hemos de centrar nuestras ideas, hemos de ser conscientes de que no todo sirve en pro de la rehabilitación y que tampoco cualquier cloaca puede ser mantenida bajo el nominativo de la cultura.
Bastaría con una administración consciente de que los núcleos históricos son fuente de vida y si lo prefieren, de ingresos.
Cabría avisar a los felices compradores de los inmuebles de esas zonas de que, una vez compren, no habrá lugar a quejas por las molestias que conlleva el normal devenir de una zona cuyos usos y cuya vida lleva más tiempo que el nuevo propietario.
Con aclarar las ideas desde el principio, todos tendríamos cabida en el mundo, pero lo mejor y más rentable es crear descontentos y enfrentamientos masivos a todos los niveles.

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