POR QUÉ CORREN LOS NIÑOS


Salir a pasear con los niños es un coñazo.
Se pelean, discuten y de pronto se reconcilian para confabular y echar a correr como locos hacia los malditos columpios.
Papá y mamá con cara de pocos amigos continúan su paseo sin tan siquiera mirarlos, ni de coña van a perder la concentración; un, dos, un, dos.
Un sonido extraño con la lengua y los dos niños con cara de fastidio caminan hacia sus progenitores con un tono cansino y contrariado.
El sonido que utilizan papá y mamá con los niños es espectacularmente parecido al que está usando un tipo lleno de piercings con su todopoderoso pitbull.
Un espantapájaros que farda de ropa guapa, de gorra yanky y de oros al cuello que se cruza con ellos en este preciso instante.
Nada perturba el ritmo de papá y mamá, nada los detiene, nada los frena.
Tampoco hay nada capaz de agotar la energía de los pequeños, gritan de nuevo, discuten, se pelean y de nuevo ese sonido, todo se detiene con ese sonido del demonio.
El pitbul mira hacia los niños y sus miradas se encuentran, el animal parece encogerse de hombros, y tuerce la cara en un gesto lleno de sobreentendidos.
Un guiño, una sonrisa y se despiden; “hasta pronto”.
El paseo continúa; inspirar, espirar, inspirar, espirar.
El estallido de color ciega la voluntad de los niños, un parquecito de columpios es una tentación demasiado grande, pierden el sentido de la prudencia y vuelven los acelerones, las zancadas, la carrera desbocada.
Corren de una instalación a otra enloquecidos, las miran, las tocan, apenas se montan en ninguna; temen que si se dedican a una no tendrán tiempo de disfrutar las otras.
Solo verlas es una atracción maravillosa.
El trance es truncado por esa especie de silbido mudo, los niños se desinflan al instante, no pueden evitar volver la vista de nuevo hacia el tremendo perrazo mientras dejan caer sus brazos en un gesto de infinita impotencia.
Sus miradas se vuelven a encontrar, definitivamente el animal y los niños se comprenden a las mil maravillas.
Papá y mamá llegan a la meta de su carrera de silencios, ahora conocen todos los puntos estratégicos en los que sus niños pierden el sentido del ritmo, de su ritmo.
En todos y cada uno de los puntos estratégicos la anticipación es milimétrica; un segundo antes de que estalle la carrera, el silbido mudo suena y la explosión de alegría es cortada por el tallo a ras de suelo.
Pasan los columpios, pasan los árboles, pasan las flores y al llegar al pitbull, los niños sin mediar palabra acarician al perro literalmente tendido en el suelo.
Por alguna razón se abrazan los tres y por alguna razón el de los piercings, papá y mamá encuentran sus miradas.
¿Qué está pasando aquí?
No entienden nada, no saben lo que es importar poco, no saben lo que es ser simples comparsas sin voz ni voto.
Poco importan los sentimientos de un animal, lo educamos a nuestra imagen y semejanza, prolongando en él nuestra cobardía o nuestra agresividad.
Somos así, insensibles, huecos, impermeables a las necesidades de los más débiles por mucho que digamos amarlos, por  grande que sea la responsabilidad adquirida para con ellos.
Las ganas de jugar de esos niños, a papá y mamá les importa un pimiento.
Mantener la respiración, pecho fuera, ritmo uniforme; un, dos, hip, aro; izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda.
Y los niños, ¿qué importan los niños? ¿por qué corren los niños?
Es muy simple, corren porque para papá y mamá no hay nada más importante que su paseo y los niños lo saben.
Como también saben que han de ganar esos metros antes de que sus padres pasen de largo porque nunca, nunca se detendrán a ver qué es esa cosa que tanto les gusta a sus fastidiosos retoños, a escuchar hablar a su imaginación, a llenarse de risas; de llantos; de vida.
No, las formas son las formas y las formas han de guardarse; el de los piercings farda de perro, papá y mamá los tratan como a perros.
Un tirón de brazos y los niños son arrancados del lado del perro; un tirón de correa y el perro es arrancado del lado de los niños.
Por eso corren los niños, porque se han habituado a que nosotros, los padres, pasemos de largo.
Porque no nos detenemos para ellos.
Porque para nosotros lo importante no es su compañía sino el paseo.
Es por eso que equipamos a nuestros pequeños de máquinas tranquilizantes, armas de destrucción masiva que convierten a nuestros pequeños en “niños nintendo”; mascotas inertes, quietas y silenciosas.
Y es que, después del paseo, dejamos de ser padres y nos transformamos en cuidadores.

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